Cambio de mirada

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Se habla de decrecimiento, de desaceleración, de que vivimos por encima de nuestras posibilidades, de que es urgente cortar las emisiones que dañan peligrosamente el medio y, en fin, de que empiezan a faltar materias primas vitales. Pero nadie nos dice que para realizarlo debemos hacer decrecer un ego que por naturaleza es orgulloso y egoísta.

¿Cómo se doma al tigre, al dragón, a esa la loca de la casa que todos llevamos dentro, a ese yo pequeño que tiene una visión fragmentada y múltiple del mundo pues separa al sujeto que conoce y al objeto conocido clasificando el mundo en categorías que separan y trazan fronteras donde sólo hay unidad. Un modo de visión incapaz de unificar los distintos órdenes en los que danza el cosmos en el que somos, nos movemos y existimos?

A los medios les falta decirnos que para realizar una verdadera ecología de la contención, hace falta un cambio de mirada, que sólo puede hacerse cambiando de disposición de espíritu. Despojarse del pensamiento tecnicista, reductor, volver al orden de los valores y las prioridades. O, como dice Teresa Romañá, «cambiar de piel intelectiva, propiciar otro modo de mirar, dejar los prejuicios lógicos de la modernidad». Pues el modo en que concebimos el mundo configura el modo en que nos relacionamos con él.

Pero para ese cambio de piel intelectiva, para esa reducción de velocidad  lo que es realmente necesario es despolucionar el alma. «Purificar nuestra mirada a través de una vía de interioridad». Las verdaderas reformas no comienzan fuera de uno mismo, luchando contra los que están enfrente. Las verdaderas reformas consisten en un radical cambio de mirada y de mentalidad.

“Tenemos que reencontrar esa mirada ampliada, purificada, renovada, que es la del Ojo del corazón, el cual hace ver las cosas como Dios las ve. Esa mirada es aquella que sobrepasa la visión inmediata, horizontal. Es al mismo tiempo simbólica, poética, y comparte con el niño un cierto don de inocencia. Esa mirada ayuda a comprender que una montaña, un río, un bosque, son algo más que un conglomerado de minerales, una masa de agua, unos troncos de árboles, y nos habla de nuestra ascensión personal, del devenir cósmico, del santuario interior.

Toda la naturaleza esta ahí para enseñarnos quienes somos. Esa es su importancia pedagógica. A nosotros nos corresponde saber captar sus mensajes, descifrar sus «claves», recordar sus lecciones; y para escucharlas más de cerca, decidirnos de una vez por todas a instalarnos en su seno, conllevando eso un completo giro en nuestra vida o incluso un cambio hacia un destino más modesto. Pero ¿qué no haríamos para escuchar al polvo decirnos que nosotros somos polvo de estrella, lo cual nos hace ser estrella? ¿o escuchar al viento decirnos que no somos mas que un soplo (pneuma), pero que Pneuma significa Espíritu?” Jean Biés

Beatriz Calvo Villoria

 

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