
Balcones comestibles
10 diciembre, 2020
Entrevista a Satish Kumar
3 noviembre, 2021“Necesitamos una nueva revolución científica, que en vez de separarnos del cosmos nos reconcilie con él”
Doctor en Filosofía por la Universitat de Barcelona, de 1998 a 2003 fue profesor de Historia de la ciencia y Filosofía de la ciencia en el Masters in Holistic Science del Schumacher College (Plymouth University, Inglaterra). Colabora habitualmente en el suplemento de cultura de La Vanguardia y en diversas publicaciones periódicas en catalán e inglés (Userda, Resurgence). Es autor de La odisea de Occidente (Kairós).
Nos hemos acercado con unas cuantas preguntas a Jordi Pigem, un filósofo que se ha dedicado a reflexionar sobre la historia de la ciencia y sus visiones del mundo. Después de hablar con él uno puede confirmar hasta qué punto la ciencia moderna domina y condiciona nuestra vida. Nos aventuramos por un terreno resbaladizo y hasta cierto punto vedado, porque la ciencia tiene tal prestigio que pocos se atreven a mirar sus secretos y sus limitaciones. Jordi Pigem nos da claves para colocarla en un lugar de lucidez, es decir de humildad, compasión y sentido de la belleza. Su mirada envuelve otros mundos y está atenta a otras “ciencias”, aquellas que buscan en el lenguaje, en el silencio y la emoción un lugar para un hombre generoso con la vida y con la naturaleza.
En una conferencia le oí decir que el telescopio (un invento que se dice revolucionó la ciencia) en vez de acercarnos el cosmos, nos alejó de él. ¿Nos podría desarrollar esta paradójica afirmación?
Es una de las paradojas de la tecnología. Una cosa es contemplar un Parque Natural en un documental en pantalla y otra caminar por los parajes de ese Parque Natural, viendo y sintiendo directamente el encanto de todo lo que hay allí. El documental mostrará imágenes que nosotros no alcanzaríamos a ver. Y sin embargo, si podemos elegir, casi todos preferiríamos una hora de experiencia directa en ese lugar que una hora de documental. Volviendo a la pregunta, si miramos con un telescopio a Venus, el detalle de lo que observamos aumenta enormemente. Pero eso es muy distinto de la experiencia que podemos tener de Venus si lo contemplamos directamente con nuestros ojos: el lucero del alba o del atardecer, envuelto en la luz del crepúsculo, brillando sobre el horizonte mucho más que las estrellas que lo rodean. Esa luminaria era para los griegos el brillo de la diosa Afrodita; para los mayas era la estrella de Quetzalcóatl. Y esa figura era próxima porque formaba parte de la experiencia directa, del contexto inmediato de la vida humana, de los mitos que vertebraban su forma de entender el mundo. Ahora se ha convertido en un objeto astronómico y remoto que nada tiene que ver con nuestro día a día.
Griegos, egipcios y muchos otros pueblos regulaban prácticas agrícolas y fiestas en función del curso de los astros. Hoy ese contexto se ha perdido en gran medida. Conocemos docenas de logos comerciales o camisetas de equipos deportivos, pero la mayoría de la gente en el cielo nocturno sólo reconoce la Luna y poco más. Conste que las imágenes de los telescopios más sofisticados, como el Hubble, me parecen fascinantes, aunque sus colores suelen ser artificiales. Pero con esas imágenes no podemos tener el tipo de relación plena y directa que, por ejemplo, tenía san Francisco con la “hermana Luna”. D. H. Lawrence, el poeta inglés, lamentaba el hecho de que “hemos perdido el cosmos”.
Sabemos que los científicos medievales y anteriores, cuando miraban el firmamento veían en él realidades sobrenaturales. El cosmos era un reflejo del hombre y había continuidad, transparencia e inteligencia, y la capacidad de interiorizar una enseñanza y un destino humanos. Los astrofísicos actuales nos hablan de un cosmos oscuro, inerte, frío e incomprensible. Se nos asegura que nuestros antepasados estaban dominados por una mirada mítica e inexacta y que ahora “sabemos más”. ¿No cree que la visión actual tiene también mucho de mítica?
El cosmos de Platón, Dante y Shakespeare estaba en proporción con la escala humana. Hombres y mujeres eran microcosmos del universo. Después de Shakespeare esta experiencia parece haberse olvidado. Desde hace siglos vivimos divorciados de la naturaleza y huérfanos de contexto cósmico. Sólo desde hace poco empieza a renacer la sed de volver a sentirnos plenamente parte de la naturaleza y del cosmos. A diferencia de los pueblos indígenas y las culturas tradicionales, una característica única de la cultura moderna es que ve el cosmos como algo frío e inerte y en última instancia sin sentido. Los libros de texto y los medios de comunicación nos inculcan un mundo en el que no hay inteligencia ni sentido fuera de la mente humana. Es una visión deprimente, como han señalado diversos autores y algún psiquiatra. Creo que no debería sorprendernos que en un mundo así haya una enorme incidencia de la depresión y de las patologías autodestructivas. Y sin embargo se trata sólo de una manera de ver las cosas. Nuestra visión del mundo no es una verdad irrefutable, sino una visión particular, que en última instancia se basa en supuestos que no son científicos sino metafísicos. En este sentido la visión actual del cosmos es un mito. Parte de nuestro mito es creer que nuestra visión es imparcial, objetiva y nada antropocéntrica. Reducir la naturaleza y el cosmos a mecanismos inertes, y creer que todo sentido e inteligencia residen exclusivamente en la mente humana es un antropocentrismo enmascarado.
OBJETIVIDAD CIENTÍFICA Y SABIDURÍA
Si hemos creado una cultura antropocéntrica, ¿qué ha sido de nuestra famosa objetividad científica?
La objetividad es una de las mejores cosas de la ciencia. Pero esa objetividad se sostiene siempre sobre paradigmas y presupuestos que son subjetivos. No hay nada de malo en ello, siempre que seamos conscientes de tales presupuestos. De lo contrario, podemos creer que estamos tratando con verdades absolutas, como a veces ocurre en la ciencia. La comunidad científica tiende a tener su propio sacerdocio y sus dogmas implícitos, y quien insiste en investigar algo que no encaja con tales dogmas acaba siendo expulsado y tratado como un hereje. Es el caso de Sheldrake en biología y de Halton Arp en astrofísica. El tiempo dirá si sus investigaciones son sólidas o no, pero me parece claro que el modo como los ha tratado la comunidad científica tiene muy poco de objetivo y mucho de dogmático. Hay presupuestos clave de la ciencia que a menudo se ignoran. Para la ciencia moderna sólo es verdaderamente real lo que es cuantificable o reducible a números y fórmulas. Descartes, Galileo y otros fundadores de la ciencia moderna afirman claramente que los sabores, olores y colores no son reales. Lo único real, dicen, es lo que se puede medir. Todavía hoy, para la ciencia contemporánea los colores son sólo una impresión subjetiva; en el fondo no existen y lo que existe son longitudes de onda de tantos nanómetros. Esto deslegitima nuestra experiencia, nos aliena de nuestra experiencia directa.
Se da por sentado que la ciencia busca conocimiento, pero vemos en la producción científica y su literatura que este “conocimiento” es racional y empírico, dos conceptos de enorme prestigio paro los científicos. ¿Usted cree que se puede hablar profundamente de conocimiento cuando éste ha de ser racional y empírico; dicho de otra forma, es el conocimiento a través de la ciencia una fuente de sabiduría?
La ciencia moderna es racional, pero empírica no lo es tanto. Recoge datos empíricos, pero tiende a reducirlos a abstracciones. No hay colores, hay nanómetros. Cuando saboreas una comida, sientes los olores de un bosque o contemplas un cuadro, sabes que esos sabores, olores y colores son reales. Pero Descartes y Galileo y la ciencia que nació con ellos consideran que sólo son ilusiones de los sentidos. La ciencia sólo abarca una faceta de la realidad que es tangible y cuantificable. Y eso está muy bien, siempre que se reconozcan sus límites. Aplicando exclusivamente esa visión cuantificadora la vida acaba reduciéndose a genes, a fórmulas químicas y poco más. Pero las cosas esenciales de la vida no son cuantificables, y pueden expresarse mejor, por ejemplo, con la literatura y el arte.
Hay que recordar que la ciencia moderna es sólo un tipo de ciencia. La ciencia premoderna, en la antigua Grecia, en India o en China, era menos racional, pero encajaba bien con la experiencia directa y estaba siempre ligada a la búsqueda de la sabiduría. El conocimiento puramente racional se ha divorciado de la sabiduría. Hoy vivimos entre avalanchas de información, pero no sabemos qué hacer con ella. Desde hace más de treinta años, por ejemplo, hay suficiente información que señala que el rumbo de nuestra sociedad es insostenible. Pero ese rumbo apenas ha variado. Sería mejor tener menos información y más conocimiento, o menos conocimiento y más sabiduría.
En sus textos usted hace referencia al hombre moderno como un individuo “alienado” por su concepción separativa del mundo, una criatura incapaz de sentirse integrada o “realizada” en el cosmos. ¿No sería la ciencia otra forma de alienación, dado que sus premisas de investigación son también separativas? ¿Cómo sería una ciencia capaz de ofrecer un conocimiento que “realice” al hombre en el
Otra idea clave de los fundadores de la ciencia moderna es el propósito de controlar y dominar a la naturaleza. Descartes, por ejemplo, lo dice claramente en su Discurso del método. Desde luego, en los cuatro siglos transcurridos desde entonces hemos aprendido a dominar la naturaleza cada vez más. Y el dominar tiene un precio: quedamos separados de lo que hemos querido dominar. Por otra parte, esa idea de dominar la naturaleza tal vez sea una ilusión. Sólo entendemos la naturaleza superficialmente, y muchos de los cambios que hemos introducido nos pasarán factura, por ejemplo el cambio climático. Esa voluntad de controlar la naturaleza ha conducido a amontonar animales en las granjas porque se supone que nada sienten, pero eso trae consecuencias como la epidemia de gripe aviar. Sí que hay algo intrínsecamente separador en la ciencia moderna. Se tiende a analizar las partes y a perder de vista el todo. Y así se fragmenta el conocimiento en especialidades incompatibles. Incluso la física cuántica y la relativista son en el fondo incompatibles, como son incompatibles entre sí las diversas teorías que intentan explicar los fenómenos cuánticos. Hace falta integrar el enfoque analítico en visiones mucho más amplias y holísticas. Creo que necesitamos una nueva revolución científica, que en vez de separarnos del cosmos nos reconcilie con él.
ÉTICA ECOLÓGICA
Hoy está de moda el replanteamiento constante de nuestra relación con la naturaleza y se habla de desarrollo sostenido, de energías renovables, de usos responsables, de reciclaje, etc. ¿Echa en falta en este lenguaje algo importante que nos pueda ayudar a crear una relación con la naturaleza más efectiva o afectiva?
La ética ecológica está hecha de pequeños actos cotidianos, que pueden tener más o menos valor práctico y que tienen siempre, como mínimo, valor simbólico. Todo eso es importante. Pero hay una cuestión de fondo que es nuestra relación con la naturaleza. Digo naturaleza y no “medio ambiente”, que me parece un concepto terrible. El medio es algo exterior, y el ambiente es también exterior, de modo que “medio ambiente” es una redundancia que indica algo doblemente exterior a nosotros. De ahí a ver la naturaleza como un montón de recursos que podemos usar a nuestro antojo hay sólo un paso. Pero la naturaleza no es algo externo, es parte de lo que somos, aunque llevamos unos cuantos siglos intentando negarlo. Si en vez de una Consejería de Medio Ambiente tuviéramos una Consejería de la Naturaleza el matiz cambiaría. Sobre todo si fuera una Consejería que protegiera y además escuchara a la naturaleza. Quizá algún día habrá una Consejería de la Naturaleza en un sentido más profundo: la naturaleza misma como consejera de nuestros asuntos.
Un Ministerio de la Naturaleza que escucha y no sólo evalúa y estudia o toma medidas a muchos les perecerá algo inapropiado o poco serio ¿Qué les contestaría?
Yo decía Consejería más que Ministerio, poniendo énfasis en la idea de aconsejar más que en la de administrar. No es una propuesta para implementar inmediatamente, sino una manera de apuntar a la necesidad de reintroducir la naturaleza en nuestra vida, también en nuestra vida pública. Hay algunas iniciativas en este sentido. Se habla de establecer una jurisprudencia de la Tierra. Y desde hace un tiempo el antropólogo francés Bruno Latour propone crear un Parlamento de la Naturaleza en la que ésta pueda hacer oír su voz. No se trata de animismo, sino de dar derechos a lo que ahora se trata como objeto de explotación, mero almacén de materias primas. Y hay una joven disciplina, la ecopsicología, que ha desarrollado algunas prácticas para abrirnos a lo que pueden querer decirnos los animales, árboles y paisajes. Todo esto suena muy extraño en nuestra cultura moderna, pero fue de sentido común durante milenios en pueblos indígenas y en muchas culturas tradicionales y creo que volverá a serlo en una futura cultura transmoderna.
¿ACUMULAR O PARAR?
¿Necesitamos “acumular ciencia”, “aumentar la investigación” o desacumular racionalidad y pararnos?
Todo lo que sea acumular conocimiento e investigación que nos lleven a un mundo mejor, bienvenido sea. Ahora bien, todo el esfuerzo para, por ejemplo, poner en órbita la Estación Espacial Internacional me parece un despilfarro que nada aporta para mejorar la vida sobre la Tierra. La mayor parte de la investigación científica está hoy, lamentablemente, al servicio de ejércitos o de multinacionales, al servicio del poder y de la codicia organizada. El conocimiento más útil es el que nos permite conocernos a nosotros mismos y descubrir nuestra participación en la naturaleza y el cosmos. Y la clave para ello, lejos de correr aceleradamente hacia el futuro, es vivir plenamente el presente, el aquí y ahora.
¿Cuánto hay de conocimiento científico y de desconocimiento científico en la actualidad?
En las últimas décadas hemos aumentado exponencialmente nuestro conocimiento de las cosas materiales. Creo que nuestro conocimiento de quiénes somos y para qué vivimos no ha aumentado de la misma manera. El conocimiento de las cosas tangibles y cuantificables está muy bien, pero a veces eclipsa otras formas de conocer que son, en el fondo, más importantes. Se podría decir que hoy coexisten dos grandes modelos científicos incompatibles. El que recibe más atención mediática y más dinero es el modelo reduccionista, que ve el mundo como una máquina, un ensamblaje de mecanismos inertes. Su ejemplo más claro es la ingeniería genética. La física teórica hace ya un siglo que dejó atrás ese modelo. La física cuántica muestra un cosmos interdependiente y participativo, en el que nuestras decisiones tienen efectos trascendentales. Pero este tipo hallazgos, que ponen en tela de juicio el materialismo y el mecanicismo, reciben mucha menos atención.
¿La “extinción” de Dios en la filosofía moderna no es un síntoma de las posteriores extinciones biológicas?
Algunos historiadores han hablado de la “muerte de la naturaleza” que se da en la época de la revolución científica, hace cuatro siglos, cuando la naturaleza deja de verse como algo verdaderamente vivo y pasa a verse como un gran mecanismo. De esa muerte de nuestra imagen de la naturaleza hemos pasado a una agonía de la naturaleza en sentido literal, con la gran extinción que hemos puesto en marcha y que día a día reduce el número de especies, dejándonos cada vez más solos. En las culturas tradicionales y en los pueblos indígenas la naturaleza suele verse y tratarse como una teofanía, una manifestación de lo divino. Cuando la naturaleza pasó a verse como algo inerte, sin vida, empezó también a perderse la experiencia de una fuente de sentido que está más allá de lo cuantificable, fuente que puede Dios, o una multiplicidad de divinidades como en la Grecia clásica y en muchas otras culturas, o una fuente no teísta como en el budismo y el taoísmo. Nuestra alienación respecto a la naturaleza, el hecho de que veamos el cosmos no como hogar sino como territorio a explotar, tiene mucho que ver con la crisis ecológica y las crisis psicológicas. El nihilismo y el vacío existencial contemporáneos, ese vacío que intentamos llenar con el consumo, tienen parte de sus raíces en nuestra alienación respecto a la naturaleza.
TECNOLOGÍA Y AUTOENGAÑO
¿Es la tecnología una forma de autoagresión?
No diría que sea una forma de autoagresión, pero a menudo la tecnología es una forma de autoengaño. Es completamente insensato cómo toda nueva tecnología, del DDT a los teléfonos móviles, se pone instantáneamente en el mercado mucho antes de que se conozcan sus efectos secundarios a largo plazo. Se hace en parte por imperativo económico, pero no sería posible si no hubiera una profunda fe en la tecnología como forma secular de salvación. La Trinidad cristiana medieval ha sido suplantada por una especie de versión secular en la que el Padre omnisciente que revela la Verdad es ahora la Ciencia, el Hijo salvador es la Tecnología, y el Espíritu Santo que sopla dónde y como quiere es la Economía globalizada. Hay tecnologías que nos acercan a una sociedad sostenible, pero la mayoría de las tecnologías de hoy nos inducen a alejarnos de la tierra y de la naturaleza, a aislarnos entre pantallas y abstracciones, seducidos por los paraísos artificiales que prometen. La conquista del espacio es parte de ese impulso por abandonar la naturaleza.
Hoy en día se habla de tener una relación “sana” con el entorno y los psicólogos nos dicen que un hombre sano es un hombre “normal”. ¿Estamos irremisiblemente locos?
Las patologías autodestructivas hoy abundan entre nosotros; el conjunto de la sociedad contemporánea, al deteriorar cada vez más el equilibrio natural que nos sustenta, se comporta de manera autodestructiva y patológica. No me cabe duda de que una futura sociedad sostenible y mucho más sensata, si contempla nuestro consumismo obsesivo y nuestra miopía ante la destrucción de la naturaleza, los verá como formas de delirio. Pero yo no diría “irremisiblemente locos”. Las cosas siempre tienen un sentido más profundo de lo que alcanzamos a ver. Y confío en que, en medio de toda la confusión y violencia, estamos madurando hacia un mundo más sostenible, más compasivo y más lúcido.
Entrevista realizada por Dionisio Romero

