“Turismo interior”. Viajar para transformar el alma

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Pocos son ya los que pueden negar un deterioro irreversible de muchos de los ecosistemas del planeta, y cada vez más son los que se atreven a diagnosticar la crisis sistémica como una crisis espiritual del hombre contemporáneo. Necesitamos medicinas para el alma y la Naturaleza es maestra en estas lides. Transforma desde su belleza y cuanto más penetramos en sus misterios y mensajes más nos sana. Un nuevo turismo está protegiendo los lugares más bellos del planeta, poniendo en valor elementos intangibles, espirituales, como el  silencio o el placer estético y con una firme defensa de la cultura tradicional que los preservó durante siglos de un desarrollismo salvaje.

Dicen los sabios de las principales tradiciones espirituales que la Naturaleza no sólo tiene una dimensión material, tangible, madre de recursos para todas nuestras necesidades sino que también tiene una dimensión intangible, inmaterial, que sería su dimensión espiritual y más profunda, la que devuelve al hombre la posibilidad de leer en las brumas de la mañana, que a girones descubren la piel de una montaña sagrada, desvelando poco a poco su textura de roca y mineral, secretos de nuestro lugar en el mundo. Un libro sagrado que no cesa de escribir en cada uno de sus fenómenos de belleza y donación un único verso: “todo es uno”. “Todo está profundamente interrelacionado”.

Y para quien la observa con un tipo de mirada más contemplativa poder leer, incluso, que cada uno de nuestros actos, pensamientos y palabras tejen una realidad u otra. Que la crisis ecológica que atravesamos es una crisis espiritual de un hombre que ya no sabe leer los signos que se escriben en los horizontes y arrasa con su sed de recursos, de estímulos, una naturaleza que clama por mil heridas en todos sus ecosistemas. Océanos de plástico, subida de temperaturas, sequías, desaparición de tierras fértiles, deforestación, ciclo de incendios y catástrofes naturales, contaminación.

Todo eso ha llegado también a la que fue en su día una isla considerada sagrada desde el tiempo de los fenicios, Ibiza. El desarrollismo feroz que concibe el mundo como pan para hoy hambre para mañana y que se ha desresponsabilizado de las siete generaciones que viene detrás de nosotros está colonizando sus paisajes con un urbanismo feroz; sus aguas están siendo esquilmadas, intoxicadas; sus aires emponzoñados por depuradoras que no pueden con tanto mal hacer de un turismo que viene a devorar un agua, que es más que oro, en una isla que ha vendido sus tesoros naturales al peor postor: el turismo de masas, que como un cáncer destruye el huésped que le aloja.  Un ocio irracional que hace que muchos negocios de la isla ataquen el más primario y escaso de los sentidos, el sentido común: que el dinero no se come, no se bebe, ni da aire puro para respirar.

Viajar para regresar a casa

Un sentido común que está despertando en muchos otros lugares del planeta, conscientes de que el valor de ciertos espacios naturales, donde esos elementos inmateriales, como el noble silencio, que diría el buda, hacen que sean elegidos para un “turismo de interior”, en el pleno sentido de la palabra. Personas sensibles que amarían y pagarían por ver el atardecer en Es Vedrá en un silencio protegido, que colma la sed de quietud y sosiego que el alma occidental no puede encontrar ya salvo en ciertos oasis, cada vez más escasos y preciosos.

Países como Japón, con una sensibilidad especial a la belleza, que están protegiendo áreas enteras para un turismo de élite, no el de ricos obscenos de un falso poderío económico, mientras el resto del mundo se ahoga en la pobreza extrema sino turistas ricos en sensibilidad a la belleza y que están dispuestos a pagar por unas aguas protegidas como si fueran esmeraldas, por unos bosques a los que se les permita cantar la elocuencia del silencio. Por espacios protegidos donde se enseñe a las personas a sentarse y a enfocar el bosque, el mar, el cielo con un tipo de mirada, digamos que contemplativa,  que funde el sujeto que observa y el objeto observado en una unidad que trasciende cualquier simulacro de experiencia que las drogas sintéticas intentan robar al jardín del Edén, ese jardín que está en el corazón de cualquier hombre pacificado en el contento del ser y no del tener.

Paisajes protegidos por gobiernos fuertes que hacen de la sostenibilidad su bandera y que se están convirtiendo en la vanguardia del único turismo que nos podemos permitir: el que cose su amor a la naturaleza con la recuperación de la cultura vernácula que ha dado, en el caso de Ibiza, este hermoso mosaico de pueblos, cultivos, bosques y calas;  y premiarla por conservar una intangibilidad que nos está desapareciendo entre las manos de un tiempo de máquina y avidez, que promete desolar el planeta de santuarios.

Ese turismo “interior” está siendo cada vez más una apuesta de futuro en lugares donde la naturaleza aún conserva la capacidad de despertar esa dimensión intangible, pues saben que el hombre está sediento de un tipo de itinerancia cada vez más difícil de lograr, en el que el paisaje es el escenario donde se realiza otro tipo de viaje. Donde viajar no es sólo un movimiento de un lugar a otro, sino también un movimiento de uno mismo a uno mismo.

Una peregrinación que conduce al santuario del corazón para que surjan otro tipo de paisajes, esta vez interiores, que se expresan en forma de una conciencia ampliada, en una mirada nueva que ilumina el mundo, pues la conciencia florece en virtudes esenciales y universales que permite amar con lucidez la tierra sobre la que descansan nuestros ancestros. Aprender a mirar, para amar la presencia sagrada en cada flor, en cada especie, en cada hombre con el que nos cruzamos en las sendas de esta isla necesitada de un cambio de rumbo para no perecer en las garras del amor al dinero, que como todos sabemos ya, no da la felicidad.

Sólo se cuida y atiende lo que se ama, y solo se ama lo que se conoce, la íntima conexión con el tejido de la vida es solo posible para un corazón pacificado. Y parafraseando a Félix Rodríguez de la Fuente la naturaleza reequilibra, pacifica, transforma, pues el hombre es un poema cosido a las brumas del amanecer, al recorrido de la vía láctea, al vuelo ligero de una mariposa sobre un arbusto en el abismo de un acantilado.

La belleza y el silencio como viático

Para alcanzar este tipo de viaje interior no hace falta más que reservas de silencio, parques naturales que enseñen al visitante como aquietar la mirada. Ya hay experiencias pioneras en Cataluña, de la mano de Josep Maria Mallarach, donde se enseña al visitante técnicas sencillas de como concentrar la atención en el cuerpo, unificándolo con la mente a través de la respiración, mientras se camina en silencio dejándose penetrar por los aromas, las visiones, los cantos de las aves; pequeñas paradas meditativas que permiten hacerse receptáculo y dejarse penetrar por una belleza que nos asombra los ojos del alma, si los abrimos a la dimensión inmaterial de nuestros paisajes, de nuestras arenas, de los azules turquesas imposibles, de nuestros cantos rodados y nos despierta del sueño cotidiano ante una expresión contundente de naturaleza privilegiada.

Ibiza todavía podría dar marcha atrás de un turismo que destruye, recuperar esos intangibles, con leyes más valientes y pioneras, ir hacia delante hacia un turismo que construye tejido de vida, con una ecología que empieza en el alma. Una Isla de guardianes de la tierra y en este caso de su amante esposo el Mar, de sus ritmos y de su armonía y presentarlos en audaces actividades que permitan generar una riqueza basada en una cultura que cuide el gran y majestuoso libro de la naturaleza, que despliega páginas brillantes en esta isla privilegiada.

¿Se imaginan, por ejemplo, una reserva de silencio en la zona de Es Vedrá? Donde ahora hay decenas de jóvenes haciéndose narcisistas y compulsivas selfies, bebiendo y con gritos que profanan ese santuario, como contemplamos hace unas semanas. Una puerta sin puerta, como dicen en el zen, que una vez atravesada imbuyese de un silencio al visitante que le permitiese ver al sol acostarse no ya en el horizonte, sino en el centro mismo de su corazón; produciendo una noche preñada de misterios, de esencias y de presencia de una trascendencia para la que estamos diseñados desde el principio de los tiempos. El silencio transforma el alma y el alma del mundo necesita transformaciones.

Un turismo de interior para volver a casa, con una base firme de un turismo ecológico y respetuoso con la escasez de agua, con la belleza que se marchita a golpe de urbanismo desmesurado, que recupere la cultura payesa de la sobriedad y la ebriedad de lo sencillo, la identidad de una isla que detuvo el tiempo. Un turismo que contase con la ayuda que ahora las grandes masas hoteleras monopolizan para hacer de esta isla un burdel de estrépito y sustancias, que intentan vanamente anestesiar el vacío del hombre contemporáneo.

Cuaderno de viaje

Dejemos hablar a Don Quijote que Sancho nos ha traído demasiado pragmatismo e incluyamos en los planes de gestión de los espacios naturales protegidos de Ibiza las referencias a los valores inmateriales de la Naturaleza, espirituales y culturales.

Reforcemos su defensa y preservemos del deterioro, la especulación y el olvido, por ser parte de la identidad ibicenca y por ser un activo de enorme potencial para la generación de nuevos elementos de atracción turística propias del turismo de cuarta generación (el viaje como agente de desarrollo humano).

Poblemos Ibiza con carteles como el del Lago de Bañolas al Norte de Girona. “Goza de la Naturaleza, permanece en silencio”. Edifiquemos un reino insular con leyes rigurosas para que la música no lo invada todo. Vigilemos la contaminación lumínica para posibilitar un turismo de observación de estrellas, para poder beber la belleza de una luna.

Pidamos a nuestros gestores que se impulse una política educativa de cara al ciudadano, y en especial para los jóvenes, con programas especiales que desarrollen de forma didáctica los valores inmateriales de la naturaleza.

Defendamos  y recuperemos el conocimiento ecológico tradicional o vernacular que mantuvo la isla como el paraíso que ahora todos añoran poseer de malas formas. Potenciemos el ecoturismo y el turismo ornitológico aprovechando las abundantes migraciones que nos sobrevuelan. Dejemos volar una tormenta de ideas que fertilice la isla ante una sequía de espíritu que amenaza con dejarla yerma. Quizá muchos me digan como Sancho que los peligros que acechan la isla por la avidez  de Don Dinero no son gigantes sino molinos con los que gira el mundo, pero yo no voy a recuperar la triste razón de un Sancho que no supo amar lo cotidiano como sublimes dulcineas, incapaz de ver en Es Vedrá el arquetipo de la feminidad sagrada  irradiando su mensaje al mundo, incapaz de comprender que el simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo.

Beatriz Calvo Villoria

Directora de EcocentroTV

Pintura de Ángel Pascual. Sagrado y Mágico lugar. Óleo / tela 27 x 46 cm.

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Author: U-EcoAlma

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