La voz de la tierra

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Leónidas, un abuelo del pueblo mapuche, subió la escalera hasta la platea; 115 años nos contemplaban desde una de las salas de la casa encendida de Madrid. Nunca había salido de su tierra, de hecho estaba esperando a la muerte cuando un hermano mapuche le instó a viajar a occidente y hablar de su pueblo, “la gente de la tierra” —«Estás vivo por algo, ayúdanos a trasmitir la voz de la tierra a los pueblos del Norte»—. Leónidas aceptó, y allí estaba, de pie, sin poder expresar todo un siglo de vida en una lengua, la castellana, tan ajena a su alma mapuche. Nos miró, intentó articular algo en español hasta que la lengua materna vino en su rescate y empezó a hablar en mapudungu. Lentamente, como un gemido suave, su voz trémula por la novedad habló mansa y directamente a nuestro corazón con una lengua antigua, natural, llena de giros y sonidos que el corazón interpretaba directamente. Habló unos minutos, se despidió dando las gracias por haber sido invitado y bajó la escalera visiblemente emocionado.

Freddy Treuquil, otro mapuche, creador de la Fundación Native Spirit, promotora de la iniciativa de reunir a varios líderes de distintos pueblos nativos americanos y viajar a Europa para compartir y mantener vivas unas historias sagradas que predicen el despertar de las “culturas de la tierra” ante el desmoronamiento del Viejo Mundo, le ayudó a bajar. Ya al pie de la escalera, le cogió una mano mientras con la otra le tocaba el corazón y lo atraía hacía sí, y para sorpresa de todos los presentes, de lo profundo de su abdomen, de lo profundo de las entrañas de la tierra, como un lamento inmenso, como la lengua de un volcán que al entrar en erupción bajase hacia el valle lamiéndolo todo, empezó a articular un canto de su pueblo; un canto que era letanía, oración, medicina para el alma; el neocortex de todo el público se suspendió, el raciocinio no podía con la voz de la tierra que Freddy vehiculaba para sanar a Leónidas, para sanarnos a todos, para conectar corazón con corazón como cantan las profecías de esas tierras (cuando el cóndor del sur se reúna de nuevo con el águila del norte, las lágrimas que broten de sus corazones sanaran las antiguas heridas, fortalecerán a los pueblos nativos y la tierra despertará). A algunos de los presentes les brotaron las lágrimas del que admira la fuerza de la naturaleza expresada a través de una cultura que tras siglos de dominación y rechazo en algunos casos, exterminio en otros, expolio en todos, sigue manteniendo vivo su espíritu.

Treuquil se saltaba todas las normas de protocolo y, fiel a su espíritu, interpretaba el presente de una sala de occidentales recibiendo a nueve indígenas de forma fresca, inmediata y directa. Las palabras no podían contener la vida de Leónidas, un centenario partero que aún corta su propia leña, cultiva el huerto y cuida de sus gallinas; las palabras nunca expresarían mejor que ese canto, la íntima red de respeto profundo entre los mapuches para con sus abuelos, depositarios de la memoria ancestral de su pueblo, su sentido de colectividad y moral comunitaria. Las palabras nunca nos podrían haber contado el papel del hombre como puente entre el cielo y la tierra. El canto de Freddy sí que lo hizo; muchos de los presentes comprendimos en lo profundo de nuestro ser que todo está conectado en una consciencia que lo unifica todo, que el hombre con sus potencialidades abiertas puede hablar el lenguaje de los animales, el de las plantas, el de la tierra y elevar con su gemido al cielo y a través del viento sus plegarias transformadoras.

Ciencia profana/ciencia sagrada.

La “voz de la tierra” puede ser interpretada desde muchas ciencias, la ciencia occidental, exclusivamente racionalista, la interpreta desde parámetros mecanicistas y materialistas, creando una cultura de relación con la naturaleza teñida de exclusiva practicidad. Para ella los bosques o las aguas son sólo recursos para cubrir las necesidades humanas. Como decía Emerson, «el modo de ver la naturaleza que tiene cualquier pueblo determina todas sus instituciones, y Occidente lleva siglos viendo a la naturaleza como materia prima, enemigo al que someter, domesticar o conquistar».

Ante la ausencia de un elemento intangible y trascendente en la ciencia con la que Occidente conoce el mundo, y que creemos de vital importancia para restituir el equilibrio perdido entre el hombre y la tierra, queremos dedicar este Al descubierto a esa otra ciencia, la tradicional, propia de los pueblos originarios. Pueblos que en sus expresiones más puras, cada vez más escasas, por otro lado, son capaces aún de escuchar el lenguaje y las necesidades actuales de una madre, la tierra, a la que han aprendido a amar profundamente, pues sus culturas les religan a ella y les permiten captar la esencia que yace tras cada fenómeno, sea el de la repentina tormenta en el bosque, el vuelo del águila o la apertura de una flor, que luego usarán en sus medicinas ancestrales, para sin ir más lejos, ayudar al útero a abrirse en el parto, como nos contaba Ernestina, mujer medicina del pueblo kuna. Culturas que habiendo perdido mucho de su esplendor por el signo de los tiempos —la decadencia por la ausencia del sentido sagrado de la existencia—, pueden leer aún entre líneas la escritura primordial que es la naturaleza. «Encuentra lenguas en los árboles, libros en las quebradas, sermones en las piedras y el bien en toda cosa» (Shakespeare).

Según la cosmovisión de estos pueblos esta decadencia que lo invade todo se inició hace miles de años, seis mil para ser exactos, en una época anterior a la Antigüedad clásica y supone un obscurecimiento gradual de la espiritualidad primordial a medida que la manifestación se aleja del Principio del que procede. Esta decadencia afecta a todos los mundos y no sólo al mundo moderno, cuyas primeras y principales víctimas hemos sido nosotros mismos, pues ha acabado matando nuestro espíritu por una materialización progresiva, para terminar después con el resto del globo, con esa gran mayoría de víctimas que le sobra al neoliberalismo, un capitalismo transnacional llevado al extremo.

Pero, hoy en día, en medio de esta época en la que se ha obscurecido la inteligencia y gracias a la búsqueda del equilibrio que hay siempre entre las fuerzas opuestas que constituyen este universo manifiesto, es posible aún que varios cientos de millones de personas, seguidoras de las religiones primigenias, que son ramas de las religiones arcaicas y primordiales de la humanidad, sobrevivan todavía en todo el continente americano, en Nueva Zelanda, Australia, India o África, pese a la colonización europea, y que a duras penas mantengan sus tradiciones frente a innumerables enemigos interiores y exteriores. Estos millones de seres son, además de un revulsivo o un factor de equilibrio ante tanto desmán occidental, un ejemplo de conservación de sus hábitats, por lo que en algunos ambientes se está empezando a reexaminar lo que tienen que decir estos guardianes de la Tierra.

Los Guardianes de la tierra alzan la voz

Hemos convivido varios días con algunos de los representantes de distintos pueblos americanos que vinieron a Madrid, —aymaras de Bolivia, mapuches de Chile, kunas de Panama, mayas de Guatemala—. Pueblos, que como escribe Guillermo Piquero, desde la Fundación Native Spirit, que ha contado con la colaboración de nuestra Fundación para traerlos a Madrid y amplificar su voz, «guardan tradiciones milenarias que les han permitido conservar la armonía en su comunidad y en los territorios que habitan. En aquellos lugares donde todavía no ha llegado la sociedad industrial, su ecosistema permanece sin variaciones sustanciales durante miles de años. Algo tendremos que aprender pues los occidentales de estos pueblos milenarios…» Y así lo confirma un mapa reciente elaborado por Sociedad Nacional Geográficay el programa Tierras Nativas de Estados Unidos, donde se muestra una fuerte correlación entre las tierras indígenas y las áreas con un alto nivel de biodiversidad. A lo largo de Mesoamérica se da una coincidencia entre la ubicación de los pueblos indígenas y los bosques y, pese a esta evidencia, los proyectos de biodiversidad y de acceso a los recursos casi nunca contemplan la consulta de estos pueblos guardianes, ni siquiera cuando los megaproyectos de carácter hidroeléctrico, minero, de construcción de carreteras u oleoductos coinciden con sus áreas, a las que tantas veces arrasan, acabando con ellas y con sus habitantes.

Y esta ejemplaridad nace de esa ciencia de la que antes hablábamos, dotada de una perspectiva espontánea que ve las apariencias en su conexión con las esencias. Es decir, que no ve las cosas en superficie, sino sobre todo en profundidad, que penetra lo invisible; ese “silencio sonoro” que al día de hoy sigue velado para la ciencia occidental que niega la posibilidad de otras ciencias, de otros niveles de comprensión. Como nos contaba Treuquil: «Cuando una machi se conecta con el árbol, ella se hace árbol, le crecen ramas, le crecen hojas… Esa conexión con el vientre, el cordón umbilical que nos unía a la madre tierra o al cosmos fue cortada intencionadamente por la educación, por los científicos».

Que la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente se haga eco de estos mensajes puede resultar extraño a algunos lectores, pero en el fondo es la continuidad de una visión, la de Félix Rodríguez de la Fuente, que siempre apreció con hondura a estos pueblos, y que habría desarrollado en una misión si el tiempo se lo hubiese permitido. Como nos recordó su hija Odile en el encuentro, «él siempre tuvo una profunda reverencia y respeto hacia los pueblos que vivían todavía cerca de la tierra; decía que aún entendían el lenguaje de la vida y que había quienes todavía atesoraban una sabiduría desde tiempos inmemoriales —en referencia al paleolítico—: personas que integraban totalmente dentro de su forma de vida un sentido de pertenencia a la tierra, pero también una visión conjunta de que somos parte de una totalidad; en su sabiduría se veían las coordenadas, la brújula de la vuelta a casa, la posibilidad de recobrar un sentido de armonía con la tierra».

Recuperar lo esencial          

Ya no estamos en el paleolítico y ni somos ingenuos ni queremos sostener una romántica vuelta a una naturaleza virgen, que ya no existe, o ponernos a “hacer el indio”, al estilo de ciertos grupos “Nueva Era” o algunos ecologistas integrales, con una visión idealizada de los indígenas, cuando ellos mismos admiten que el mal del occidente moderno está ya en sus corazones, arruinando lo que queda de sus comunidades. Pero siendo conscientes de que uno de los objetivos de la vida espiritual, sea cual sea la forma que adquiera, es redescubrir un estado de perfecta simplicidad, acompañado de un sentimiento de gratitud, escuchar a estos pueblos —que hablan de «equilibrar de alguna forma todo lo que la naturaleza nos da, agua, frutos… a través de una ofrenda, de una gratitud, con un acto que requiere equilibrio interior»— puede evocar en un lector sin prejuicios un anhelo de profundizar en esa dirección que tan claramente nos marcan, y buscar así su propia forma de abordar esa necesaria conversión de la mirada.

Como Félix, estamos enamorados de la sabiduría ecológica de los bosquimanos, del inmenso amor a la naturaleza de los indios de las praderas que respetaban a todos lo seres vivos, que no mataban más de lo que necesitaban, que eran concientes de formar parte de una misma comunidad. Por ese amor, por ser conscientes de la dificultad del momento, y aunque la ciencia moderna insista en que nos sacará del atolladero que ella misma ha creado a partir del uso del poder, que no de la sabiduría, confundiendo ciencia con industria, queremos explorar todas las vías posibles; y sobre todo las olvidadas, sin desdeñar la buena ciencia, que también la hay en occidente, y que nos viene alertando del estado de los ecosistemas desde hace mucho tiempo. Nuestro trabajo es concienciar de la necesidad de una renovación total, por eso nos atrevemos a defender, como lo hacen valientemente estas culturas, que la secularización del mundo que destruye las visiones basadas en lo sagrado, que fractura el tejido social, que deshumaniza a la humanidad, que provoca una destrucción sin precedentes de la naturaleza, necesita una crítica integral; una crítica a la civilización moderna que desgarra nuestra alma a la par que la naturaleza y que no puede erigirse en Norma a seguir, globalizándonos con un pensamiento único, una sola visión del mundo y un sólo sistema de valores basados en lo efímero del mercado y no en verdades duraderas y valores espirituales.

Ante la desacralización del mundo, estos pueblos convocan una y otra vez en cada uno de sus gestos el aspecto sagrado de la naturaleza, pues saben que ésta es sólo el reflejo infinito de un Principio Creador que tiene valor Absoluto y dos dimensiones cuando se manifiesta: la inmanencia y la trascendencia, es decir que su Espíritu está en todas las cosas y más allá de todas las formas. Y sólo Él, llamémosle Tao, Nirvana, Wakan-Tanka, Gran Espíritu, Ata Emit, puede dotar de sentido a cada gota de agua derramada, a cada vida vivida, a la función del hombre en este planeta, pues es la argamasa que une todos los reinos, animales, vegetales, minerales, estelares, humanos, en una unidad de profundo significado. Como dicen los kogis: «Para nosotros existe una sola ley sagrada, inmutable, preexistente, primitiva y sobreviviente a todos y a todo. Podría el mundo existir o dejar de existir, sin que esto alterara en lo más mínimo la esencia de dicha ley, la cual constituye el pensamiento universal de lo no manifiesto, único origen de la vida».

Puentes entre mundos, águilas y cóndores, mente y corazón

Levantamos pues la voz con ellos, que, conscientes del crucial momento histórico y de la urgencia de un cambio de rumbo ante la situación de crisis global, han comenzado a unirse y a coordinarse en diversos foros internacionales que sirven de altavoz a sus propuestas, en su mayor parte dirigidas al mundo occidental. «Si nos enfrentamos con armas siempre vamos a perder, si nos metemos en la política occidental siempre vamos a perder, pero si retomamos la fuerza de nuestro espíritu, en conexión con nuestros antepasados, hay una fuerza inmensa». (Treuquil). En esta ocasión se acercaron a Europa pasando por Madrid, donde nos visitaron en nuestra sede y en la Casa Encendida.

Pero una vez más la prisa occidental impidió que el abuelo Basilio Quispe de 84 años, único superviviente de los alumnos de la “escuela ayllu”, que fue la primera escuela indígena de Bolivia, pudiese apenas contar al público quiénes eran sus ancestros ni contar la mínima parte de la historia de su comunidad, que él desgranaba despacio y con multitud de matices. La falta de tiempo no dejó a Casimiro Sicajau, de 83 años, dirigente de su comunidad, hablar en veinte minutos de la fuerza del calendario maya que dirigió cada uno de los pasos de sus antepasados y de su actual lucha por mantener ese legado «ante tantas creencias y tantas religiones. Pero nosotros como indígenas luchamos cada día por lo que nos han dejado nuestros antepasados. No queremos confundirnos, perder sus historias, pues ellos vivieron tranquilamente trabajando, cultivando, como también nosotros queremos hacerlo». O Agustín Xoquic del pueblo maya kaqchikel, al que todo le parecía alegre, que apenas pudo contarnos que «nacemos en el pecho de la misma madre tierra y mamamos todos de ella, pues de ahí nacen todos nuestros cultivos, todas nuestras necesidades; ella es la que nos cuida, y esto es lo que venimos a presentaros».

Pero Occidente es esclavo de la velocidad y no tiene tiempo para escuchar; como decía Treuquil: «Cómo voy a hablar de mi pueblo en veinte minutos, si mi pueblo es milenario…» y, aceptando la circunstancia con una calma proverbial, nos instaba a cambiar: «Hay que calmar el paso de la vida y reflexionar, la vida es frágil se puede quebrar en un segundo; despojarse de las cosas que nos han impuesto de la vida falsa y empezar a llenarse de vida; cada uno sabrá cómo lo va a hacer, pero con coherencia con equilibrio, sin dañar al otro.»

Después de este breve encuentro continuaron su viaje hacia Santander, invitados por el ayuntamiento de Camargo donde dieron distintos talleres a jóvenes, niños, futuras madres, políticos locales, finalizando su viaje a España en Asturias alrededor de un tejo centenario, el tejo de Abamia, donde nos volvimos a encontrar.

Viajan enseñando lo que saben, con la humildad de querer aprender, me decía Leónidas, con su centena de años, emocionado por las cosas “maravillosas” que había visto, y sin dejar de recalcar la generosidad con la que eran recibidos, insistiendo en que lo llevaría en su corazón y lo contaría a su comunidad.

Vienen también, como en el caso de las mujeres kuna, Ernestina y Fanny de la comunidad de Usdup, para preguntarnos por qué si ellos no han sido los responsables del cambio climático tienen que pagar los platos rotos, (como es el caso de otros miles de refugiados por el cambio climático) que en menos de un año deberán de abandonar para siempre sus territorios ancestrales en el archipiélago de San Blas, en Panamá, por la subida del nivel del mar, para alojarse en la costa de la que huyeron hace siglos por los mosquitos trasmisores de terribles enfermedades, mientras los responsables se niegan a pagar. «Debemos mantener nuestras tierras para seguir siendo un pueblo», nos decía Ernestina, una machi, partera que no hablaba una palabra de castellano y cuyo discurso fue el más contundente de todos.

Tenemos que reflexionar en profundidad y comprender que si les ayudamos a proteger sus territorios, ayudamos a reducir el impacto del cambio climático que afecta a todos; tenemos que comprender que ya no existen fronteras, salvo las que queramos inventar. Tenemos que estar atentos, pues sus culturas y su conocimiento tradicional ofrecen soluciones e inspiración a la humanidad en esta terrible crisis ecológica, como hemos podido ver en el caso del pueblo quezungal en Honduras, donde ha habido un aumento de huracanes y drásticos cambios clima, y han sido capaces de desarrollar un método agrícola consistente en plantar bajo los árboles para que las raíces “sujeten” el cultivo y se reduzcan las pérdidas durante los desastres naturales que ya les azotan. O los pigmeos baka y la comunidad mambendzele de Camerún oriental y Congo, que han desarrollado también nuevos métodos de pesca y de caza para adaptarse a la reducción de precipitaciones y al aumento de incendios forestales Y podríamos dar muchos más ejemplos de esa necesaria alianza de sabidurías que harían interminable este reportaje.

La insoportable elección de la responsabilidad

Actualmente se estima que hay entre 300 y 500 millones de indígenas en más de 70 países de todo el mundo, que representan más de 5.000 idiomas y culturas en todos los continentes. Son los pueblos más desfavorecidos y vulnerables en un sistema globalizado de amor al dinero que no atiende a razones que no sean de tipo económico. Llevan siglos resistiendo, luchando por preservar sus territorios ancestrales, por que se respete su cosmovisión del mundo que se expresa en diferentes formas de colectividad y relación con la naturaleza. En la última década, la mayor parte de los pueblos indígenas en Mesoamérica —que incluye 23% de la población de la región— han asumido el tema de las tierras, han formado organizaciones para presionar a sus gobiernos y han montado campañas para legalizar sus territorios y para evitar la creciente privatización por parte de las minorías privilegiadas que privan a la mayoría de sus derechos. Combaten también dentro de sí mismos contra una culturización occidental que les desarraiga de sus valores primordiales, de los sistemas que les vinculan sagradamente al espacio y al tiempo y que a cambio les encadena a ser piezas del engranaje del dios mercado.

Muchos de estos pueblos han desaparecido, incapaces de soportar la presión civilizatoria de un sistema y una ideología, el modernismo, que se ha ido asentando poco a poco en toda la superficie del planeta. Algunos desparecieron por sus propios procesos de descomposición y degeneración social que hicieron fácil la entrada de nuevas culturas, de nuevos imperios. Otros se mantienen milagrosamente ocultos en las zonas más remotas de la tierra preservando sus formas de vida sin contacto con el exterior, pero amenazados ahora por la nueva colonización de las multinacionales que van en busca de los recursos que yacen bajo las entrañas de las tierras que habitan y guardan. Otros sucumbieron a la esclavitud, al rechazo, al odio. Muchos otros aprendieron la lengua y las costumbres de los pueblos hegemónicos por “vergüenza impuesta” y estuvieron a punto de olvidar sus raíces, pero en las generaciones actuales algunos de sus miembros están reivindicando sus idiomas y culturas, con la determinación de preservar, desarrollar y transmitir a futuras generaciones sus territorios ancestrales y su identidad étnica como base de su existencia continuada como pueblo.

Aunque cada vez se reconoce en más constituciones su “derecho a la existencia”, Occidente está muy lejos de poder devolverles los territorios sobre los que gira su identidad y cuya pérdida ha tenido siempre un efecto devastador a nivel social y psicológico. Aunque algunas sociedades dominantes puedan querer planteárselo, los costos financieros y sociales de las medidas que adoptaron anteriormente, son cada vez más difíciles de pagar en su totalidad. Falta mucho para llegar a la aceptación y la puesta en marcha de políticas tendentes al respeto de sus interpretaciones diferentes del mundo y sus prácticas originales, por mucho que los discursos ofíciales se llenen la boca de multiculturalidad y multietnicidad. Y es casi imposible, en el estado actual de cosas, que Occidente, ávido de recursos para mantener un sistema del que todos somos responsables (más ordenadores, más teléfonos móviles, más moda, más coches, más libros, más energía, más viajes exóticos, más, más), pueda tomar la insoportable elección de renunciar al petróleo del Amazonas, aunque no hacerlo suponga la desaparición de todos los indígenas contactados y no contactados. De renunciar al agua de los bosquimanos para sus complejos hoteleros de safaris, aunque ellos mueran de sed. De renunciar a las presas hidroeléctricas como las del Valle del Omo, en Etiopía, aunque su construcción suponga la desaparición de 8 pueblos y de doscientas mil personas, con la justificación de que somos muchos más los que nos beneficiaremos de más electricidad para nuestras imprescindibles comodidades. De renunciar al gas de Siberia o a que Repsol invierta en la Patagonia, a costa de territorios considerados sagrados, porque “la pela es la pela”.

Occidente y el emergente Tercer Mundo occidentalizado es incapaz de autocontrol y de plantearse dejar de devorar carne compulsivamente aunque eso suponga la deforestación del Amazonas, pulmón del mundo y lugar sagrado para los enawene nawe, pues ese gesto es inconcebible: necesitamos pienso barato, a ser posible soja transgénica, para seguir envenenando a nuestro ganado planetario y hacer obesas a nuestras futuras generaciones. No podemos dejar de seguir extinguiendo pueblos como los nukak de Colombia, pues necesitamos coca para nuestros mercados de mafiosos y para acabar con toda una generación de jóvenes, o de contaminar a los mapuches de Río Negro que enferman y mueren por la minería, que corrompe las aguas, el aire y la tierra.

Muchos de nosotros desconocemos que nuestro sistema de vida aumenta los casos de alcoholismo y de enfermedades mentales y suicidios de todos los pueblos indígenas a los que seguimos acosando, como en Sri Lanka con los wanniyala-aetto (“pueblo de la selva”) pues la necesidad que tenemos de sus recursos es insaciable. Somos demasiados deseando la buena vida y además “ojo que no ve, corazón que no siente”. El sistema en que vivimos, ha endurecido tanto nuestro corazón que no nos conmueve que los penan, que viven en interior de Sarawak, en la parte malasia de la isla de Borneo, vean día a día perecer la selva a manos de los intereses madereros y del aceite de palma que se exporta a Europa para biocombustibles o jabones. «No somos como la gente de las ciudades, que tiene dinero y puede comprar cosas. Si perdemos lo que nos da la selva, nosotros, los penan, moriremos».

Es demasiado pedirle a nuestro nivel de egoísmo actual que renuncie al gas o el oro de Guatemala, al coltán del Congo, a los brillantes africanos. Nos encaminamos hacia un desastre y nadie sabe tirar de las riendas.

Estamos muy lejos de dirigir nuestros pasos hacia una sociedad que se responsabilice y asuma su deber de cuidar Toda la Vida, peces, árboles, animales, todo lo que crece; estamos lejos de comprender que «la ley natural es un proceso regenerativo poderoso, que es infinito si todo el mundo está de acuerdo y sigue la Ley; pero si se la desafía y se pretende cambiar, entonces se está destinado al fracaso», como decía Red Crow. Lejos de reconocer, como dicen cada vez más voces, que lo que está en crisis es la propia civilización occidental y su actual modelo político y económico, que realmente ha fracasado; esto es muy duro de asumir y mucho más complejo realizar el giro de timón que exige tal reconocimiento.

La palabra que viaja libre en el viento

Pero como decía Martin Lings, cuando más se aleja el hombre de la Verdad, más se acerca la Verdad al hombre. La llegada de estos pueblos y otros a Europa está siendo cada vez más habitual, ya que sus propias profecías les inducen a alzar la voz al viento y a unirse entre ellos como primer paso. Una voz que se reproduce en congresos, en festivales de cine, con producciones hechas por ellos mismos, porque, como dice F. Treuquil, «se habla y se escribe mucho de los pueblos indígenas, pero muy pocas veces se les deja hablar en primera persona». Su voz está ya incluso en organizaciones como la ONU, donde existe un foro permanente sobre cuestiones indígenas, o en la UNESCO con el programa Links que investiga los sistemas de conocimiento local e indígena y que intenta construir un diálogo entre los poseedores del conocimiento tradicional, los científicos naturalistas y sociales, los administradores de recursos y los responsables de decisiones para fomentar la conservación de la biodiversidad y asegurar un papel activo y equitativo de las comunidades locales en el gobierno de los recursos naturales.

Han llamado nuestra atención por la fuerza de su espíritu que ha sido capaz de sobrevivir a nuestro desprecio e indiferencia de siglos y por sus ejemplos de conservación. Quien no quiera prestar oído al aspecto sagrado de su cosmovisión, que reconozca al menos el valor ecológico de sus territorios, la biodiversidad que aún encuentra refugio en donde ellos viven con principios de armonía. O el valor de sus proyectos de recuperación de territorios totalmente degradados a los que se les confinó, como el caso de los nez percé, que han adquirido una seis mil hectáreas de su territorio ancestral en el nordeste de Oregón para dedicarlas únicamente a la protección de la pesca y la vida salvaje. O las tribus assiniboine y sioux del nordeste de Montana que intentan reintroducir el bisonte en la Reserva Fort Peck. O en la Reserva Fort Apache, en Arizona, donde la amenazada trucha apache ha encontrado un nuevo hogar, y el bosque ya no se gestiona pensando sólo en la madera, sino también en la ecología. Y aunque muchos de estos indios son como todos los urbanitas del mundo y parten de un nulo contacto con la tierra, no desprecian sus raíces y aún conservan la esperanza de redescubrir la tierra donde sus antepasados sabían hablar con el Gran Espíritu.

La llegada de otras culturas permite, además, al occidental desencantado con sus propias raíces religiosas, maravillarse de otros reflejos de la misma verdad que subyace a toda auténtica espiritualidad y acercarse libre de prejuicios a la Verdad que la sabiduría primordial y universal ha recorrido todos los tiempos adoptando distintas formas. El hombre urbano está casi muerto para la conciencia sensorial que posee el cuerpo del hombre que habita en la naturaleza, que comprende a través de todos sus sentidos y no sólo de su mente; por eso producen tanta fascinación estas culturas, pues intuimos en su actitud, en su estar, una profunda conexión con algo que se nos escapa. Por eso nos admiramos cuando Ernestina nos explicaba que había tenido que pedir permiso a la madre naturaleza para que la dejase salir por primera vez de su comunidad, pues su cuerpo es canal para que fluya la armonía entre su pueblo que la necesita, por eso su presencia entre nosotros era un sacrificio de estas gentes que renunciaba a ella para que alguien nos hiciese conscientes de su cultura, de la medicina ancestral que se va a perder para siempre en el abismo del olvido.

Igual que Félix, podría yo escribir ahora mismo: «Es tan trascendental, tan profundo este tema, que sé que habrá numerosos críticos que estén anatemizando en este momento a este amante de la vida, biófilo, que se siente orgulloso de estar integrado en el mundo antiguo». Sabemos que muchos de nosotros, hijos de una cultura demasiado mental, menosprecian el instinto porque lo considera primitivismo y, como decía un filósofo español de reconocido prestigio, nadie que se considere inteligente puede ser creyente en este tipo de realidades, pero si usted ha llegado hasta aquí, podemos dar una vuelta de tuerca más y continuar con otro de los motivos por los que han venido estos pueblos a visitar nuestro país.

2012 ¿Fin del mundo, fin de un ciclo?

En estos últimos tiempos Internet está llena de todo tipo de teorías que interpretan de diversas maneras el hecho de que en el calendario maya el 21 de diciembre del 2012 marca el fin de trece ciclos de aproximadamente 394 años cada uno, lo que ha sido usado como premisa de teorías apocalípticas sobre fin del mundo o sobre la posibilidad de cambios importantes. Películas impactantes, documentales, blogs, correos se hacen eco de unas teorías elaboradas por personas de las que lo menos que se puede decir es que no están preparadas para comprender una cosmología compleja, astronómica y matemáticamente hablando, y que se trasmite por tradición y por iniciación dentro de una cosmovisión, la andina, que compromete a todo el ser, y que tampoco están formadas para el uso correcto de datos de nuestras ciencias actuales. Esta información variopinta está dando lugar a verdaderas extravagancias y a divagaciones mesiánicas de todo tipo.

Lo más cómodo sería no tener en cuenta este tipo de declaraciones y temores y juzgarlas como fantasías primitivas de nuevos alucinados, pero cuando este temor refleja de alguna manera el malestar en el que vivimos, se puede intentar quitar la paja a las fantasías pseudorreligiosas y pseudocientíficas de la Nueva Era, que yerran en sus interpretaciones, y acudir directamente a las fuentes proféticas de distintas culturas originarias que hablan de las características de estos tiempos, y que juzgue cada uno si esa descripción tiene algo que ver con lo que vivimos, y quizá entonces se pueda entender que esa percepción que tienen cada vez más personas, aunque sea de forma confusa, de que la crisis en la que vivimos aventura el fin inminente de algo es realmente una percepción de algo real y objetivable.

Como nos decía Victor Len Masc, del pueblo maya, el calendario maya ha terminado ya en doce ocasiones diferentes a lo largo de la historia y en 2012 terminará por decimotercera vez, marcando el comienzo del decimocuarto baktun. Su gente no comparten esas visiones distorsionadas del fin del mundo, sino que, «de acuerdo a lo pronosticado e interpretado por nuestros ancestros, el mundo sufrirá cambios sociales, políticos, económicos y ambientales, por lo que hacemos un llamamiento a la sociedad occidental para que despierte y se una al proceso de recuperación y protección de la Madre Naturaleza, toda vez que es compromiso y obligación de todos velar por la vida como un derecho nuestro, de nuestros hijos y de las siguientes generaciones». Es decir, estamos según el calendario maya ante una fecha que coincide con un momento de emergencia planetaria que cualquiera puede ver, y más que el fin del mundo, lo que puede estar señalando es que es tiempo ya de reflexionar y poner fin a una visión del mundo que profana la naturaleza, si queremos sobrevivir.

Para estas visiones el fin de esta Edad Oscura inaugura un nuevo ciclo con una Edad de Oro y según nuestros ancestros, sean de donde sean, los signos de ese fin son: «guerras, rumores de guerras, terremotos, hambrunas, discordias civiles de hermano contra hermano, padre contra hijo, hijos contra padres», o, como describe el hinduismo hace miles de años en el Vishnu-purâna con la precisión que le caracteriza: «Los jefes serán de naturaleza violenta. Los jefes, en lugar de proteger a sus súbditos, los explotarán. Sólo los bienes conferirán rango. El único vínculo entre los sexos será el placer. La tierra ya no será apreciada más que por sus riquezas minerales. Quien distribuya más dinero dominará a los hombres. La gente experimentará terror a la muerte, y la pobreza les espantará».

También los pieles rojas, en particular los hopis, predijeron hace miles de años la llegada de esos últimos días que llaman el Día de la Purificación; tal como lo sugiere la palabra, esperan que la destrucción tendrá también un aspecto positivo, que precederá a la renovación; sus profecías son tan precisas como las hindúes (los corchetes son míos): «Los humanos crearan el molde que los crea [el ADN], lo cortaran y harán nuevas criaturas sobre la tierra, el tiempo se acelerará y la gente no tendrá tiempo para los demás, habrá praderas de piedra llena de gente vacía, [las ciudades]. Las tormentas e inundaciones se harán más intensas. Cuando el blanco tenga una casa en el espacio, el Gran Espíritu estará pronto a hacer una sacudida con las dos manos, el tiempo está cerca para la tercera sacudida». Predijeron también que, después de este ciclo de desorden y cataclismos, los seres humanos que decidan vivir en armonía y en contacto con el Gran Espíritu crearán una nueva sociedad plena de espiritualidad.

Hay que entender que todas estas visiones y profecías de los pueblos originarios nacen de una cosmovisión con un sentido más cualitativo del tiempo, un sentido más agudo de sus ritmos, y que se basan en el funcionamiento complejo de las leyes cíclicas lo que les permiten elevar la mirada por encima de la historia y no culpabilizar de forma absoluta a un Occidente que es víctima también de este devenir de los ciclos cósmicos, en el que le ha tocado representar el papel del que descompone o disuelve, pues dentro de un orden más amplio —el que rige el desarrollo de toda manifestación— hace falta al final de un ciclo un acelerador de la descomposición, para llevar esta posibilidad de obscurecimiento y envejecimiento hasta sus últimos límites lo más rápido posible —de lo contrario, no se soportaría tanto sufrimiento—, y porque además sólo en la oscuridad puede surgir la semilla de lo nuevo. Pero eso no implica, por un lado, que en este plano justifiquemos la maldad de un sistema decadente hacia su prójimo; el mal, aunque engendre un bien, es un mal y el que siembre tormentas recogerá tempestades, en el cumplimiento de otra ley justísima de este universo. Y, por otro lado, tampoco implica que como todo obedece a unas leyes naturales haya que desarrollar una actitud pasiva y fatalista; al contrario hay que trabajar duro para ayudar en el parto a esa nueva semilla a salir de la oscuridad; debemos ser concientes de que podemos ayudar a equilibrar tanto mal hacer, convirtiéndonos nosotros mismos en semillas del cambio que queremos ver y volver a vivir de acuerdo a las maneras naturales.

El hombre, puente entre el Cielo y la Tierra.

Nosotros, ante todas estas profecías, y siendo concientes de que realmente poco sabemos de cosas tan elevadas, nos adherimos a las palabras de Yellowtail, jefe de la danza del Sol de la tribu Crow: «Sólo el Hacedor de Todas las Cosas de lo Alto sabe cuando llegará el fin de este mundo, y desde luego, el momento y el modo en que lleguen depende de las oraciones sinceras que se le ofrezcan del modo debido… cada uno debe escoger en este momento qué camino seguir».

Quizá esa humildad del orante indígena que agradece a la tierra sus dones o que pide la lluvia al cielo, o simplemente “envía una voz” o lamento, y cuya oración es la vasija donde recoge el agua de la fuente a la que se acerca sediento, sea la medicina que todos necesitamos, pues sólo el alma que tiene relación con el Espíritu es consciente, por comparación, de sus limitaciones y por su contacto, además, es profundamente transformada. «La más noble de las oraciones es aquella en la que el que reza se transforma interiormente en aquello ante lo que se arrodilla» (Angelus Silesius). Ésa es la consciencia que necesitamos ser, pues es lo que realmente somos y lo que profundamente anhelamos ser, y es la que anuncian todas las espiritualidades verdaderas. Como dijo el pueblo iroqués cuando presentó su visión del mundo en la sede de la ONU en Ginebra: «En nuestra cultura, la consciencia espiritual es la forma política más elevada».

Es tiempo ya, nos dicen los abuelos, de girar hacia el interior de nosotros mismos en busca de la raíz de las raíces y «comprender que en el centro del Universo mora Wakan-Tanka (el Gran Espíritu) y que este centro está en realidad en todas partes, está dentro de cada uno de nosotros» (Alce Negro, lakota). Asumir nuestra función de puentes entre dos orillas, la interior simbolizada por el Cielo, la exterior simbolizada por la Tierra: ésa es la responsabilidad que tenemos los humanos y que en estos días hemos compartido con nuestros hermanos aymaras, quechuas, mapuches, kunas. Gracias a todos ellos por su visita.

Beatriz Calvo Villoria

 

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