La perfección de la Verdad

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Dice un entrañable maestro de Tai Chi, Peter Yang, que la  convivencia perfecciona. Perfecciona si estamos enamorados previamente de la Verdad y consideramos que no hay mayor derecho que la Verdad, la Realidad, y aceptamos con todas sus consecuencias el resultado de ejercer el discernimiento entre lo Real y lo ilusorio de cada situación, eligiendo lo que realmente es necesario frente a lo que es contingente porque no se sostiene por sí solo,  porque es accidental y no esencial y se lo llevará el viento del tiempo. Decía el profeta del Islam en sus plegarias  a Dios, “Hazme ver las cosas como realmente son.

Este amor a la Verdad es el que necesitamos cultivar para que en el inevitable combate de los egos, en el tablero de la convivencia diaria, uno aprenda a replegar su ego ofendido en la batalla y medite en lo secreto de su habitación íntima, el corazón, cuánta verdad hay en lo que el compañero de vida le ha arrojado, con mayor o menor destreza ante los ojos. Para ello ha de mirar a su ego como miraría al de su compañero, como si fuera alguien distinto de su verdadero sí mismo, y desde la sinceridad amonestarse, si el defecto señalado es cierto, para después dirigir luz sobre la sombra gracias a la verdadera inteligencia -que no piensa sino que ve-, para desarraigar esa o aquella tendencia dañina, que chocará indefectiblemente con el ego del otro en cualquier tipo de convivencia, salvo si se convive con santos, que son huecos por donde lo divino pasa y sopla melodías de otros mundos no duales.

Este amor a la Verdad capacita para hacer uno de los movimientos que más le cuesta permitir, al ego nuestro de cada día, objetivarle, señalarle  sus miserias, sus pobrezas y no secundarle en sus bajezas ya sean de envidia, de soberbia, de tibieza, vanidad o codicia, sin permitirle defenderse con ningún tipo de razones, por muy razonables que parezcan. Juzgarle con rigor y amor y verle en su pequeña dimensión de individuo egoísta que no permite que nadie, aunque sea la Verdad misma, le cuestione la imagen que tiene de si mismo.

Dicen además los sabios que todo lo que nos sucede tiene que suceder, que el amigo o el enemigo pueden ser incluso injustos en su apreciación, en su juicio; que incluso el absurdo también puede llegar a las costas de nuestra vida y que todos esos acontecimientos están señalando algo importante que atender, pues las cosechas de lo que sembramos nunca se saben en que forma van a venir a visitarnos, y que incluso, aunque no haya causas que merezcan una consecuencia trágica, a veces esta sobreviene para que se manifieste sobre ellas las obras de Dios, como decía Jesús, y sea la llave que abre una verdadera conversión espiritual.

Dicen  también, que la conciencia frente a los fenómenos tendría que ser como un alumno aventajado dispuesto a aprender la enseñanza que los distintos correctivos cósmicos lanzan a nuestras orillas personales. Los hombres sencillos de las sociedades tradicionales siempre tienen en la boca un humilde “el destinos así lo ha querido” en medio de verdaderas catástrofes, que dejarían mudas las nimiedades por las que el hombre occidental se solivianta. Son conscientes de una forma simple y certera de que la Divinidad y su ciencia exacta del karma nos traen acontecimientos diversos para ayudar a colocarnos en un lugar más real, más verdadero de nosotros mismos. Por eso el signo del hombre superior, nos dice Gampopa, “es el que regula la propia conducta de acuerdo con la ley de causa y efecto tan cuidadosamente como  protege sus pupilas”, ya que como decía Omar Khayyâm ni todas tus lágrimas harán desaparecer una sola palabra dicha.

Beatriz Calvo Villoria

 

 

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