La medicina de la lentitud

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Los occidentales tienen el reloj, los orientales poseen el tiempo (proverbio árabe).  

Una de las características principales de nuestro mundo actual es la aceleración, la rapidez, el cambio brusco, la inmediatez. Nos invade la prisa. Se tiene la experiencia  de que las actividades nos superan y desbordan. En nuestra cultura ser lento es sinónimo de ser torpe, o inútil. Se impone la rapidez y la impaciencia, todo tiene que estar disponible “al instante”. Hoy en día una espera de quince segundos ante el ascensor se hace insoportable o por mucha  banda ancha de la que se disponga, nos enerva que no aparezca rápidamente una página en internet. Los médicos señalan que los nuevos ritmos de vida están fomentando distintas patologías: desequilibrios metabólicos, trastornos digestivos, obesidad,  insomnio, trastornos del sueño, déficit de atención etc. Hay un aumento de la agresividad, la competitividad y la sensación de vivir en un estado de alerta permanente; una tendencia a potenciar las “multitareas”, conducimos comiendo o comemos viendo la TV, una locura para cualquier sistema nervioso.  Además los mismos avances tecnológicos que posibilitan las bases para potenciar la sociedad de la comunicación y del conocimiento, se están usando para producir una “sociedad de la fragmentación”, en las que las personas se alejan más unas de otras y se perciben cada vez más como extrañas. La homegeneización global de las masas a través de los medios de comunicación nunca había llegado tan lejos como hasta ahora.

Todos nos estamos acelerando, y lo que realmente va demasiado rápido es  la irrupción de la tecnología, la cantidad de información inútil, el flujo de datos sin precedentes a la que hay que someterse para estar al día. Parece como si una inmensa red fuera envolviendo al planeta, entrelazando tecnologías de ultima generación,  satélites, líneas de telefonía móvil, Internet, ordenadores, televisión en una matrix que parece tuvieran vida propia, casi como si fueran células vivas; una red que se está convirtiendo en un entramado técnico económico,  provocando la necesidad imperiosa de estar alerta 24 horas al día, siete días a la semana, los 365 días del año; despertándonos con los e-mails o durmiendo con los móviles en la mesilla de noche. Está tejiéndose a alta velocidad el tiempo de un mundo que impide pararse  y, como decía Milan Kundera: “Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada. De nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo”.

La primavera ya está aquí, saca los ojos de la pantalla, desacelérate, frena el corazón y la mirada ante la madre naturaleza que está penetrada de misterios y niveles de significado, “ver un mundo en un grano de arena, y el Cielo en una flor silvestre…”, William Blake. Atiende al alma que se mueve despacio, déjala que observe, que contemple quizá, que cuando crece una brizna de hierba el universo entero se revela en ella, como decía Suzuki. Quizá hoy, frente a la belleza de ese atardecer ante el que levantaste los ojos, descubras lo que Rumi dijo en su Diwan “He hecho el velo de la creación. Como una pantalla para la Verdad, y en la creación hay Secretos que, de pronto, como fuentes brotan”. “Abre los ojos y ven, / vuelve a la raíz de las raíces / que es tu propia alma.” Decía de nuevo el poeta.

Recupera el único tiempo que te corresponde, aquí y ahora, más allá de la velocidad tecnológica tu propia naturaleza tiene un espejo en el que reencontrar su auténtico “tempo”, no olvides “que la función cósmica, y más particularmente terrestre, de la belleza es actualizar en la criatura inteligente el recuerdo de las esencias, y abrir así la vía hacia la noche luminosa de la Esencia una e infinita.” Ven, / vuelve a la raíz de las raíces / que es tu propia alma.

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