Crónicas Bajo el manto de Teresa

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Alma buscarte has en Mí, y a Mí buscarme has en ti

Vengo tan silenciada de un bendito retiro en Ávila, en la Universidad de la Mística, de la mano de una mujer que se ha hecho mi hermana en lo profundo, que no sé por qué rompo este silencio, ¿Por qué el amor obra y el Bien tiende a comunicarse?

Recién las semillas han alcanzado la sima de mi tierra honda donde anidar su germinación. ¿Para qué sacudirlas saliendo a la superficie, para qué este ruido de palabras si ellas maman  leche sin conceptos? Se nutren de silencios que se cosen en los vientos repentinos, sí; en el resplandor de una gota de rocío herida por el sol de la mañana, sí, también, pero su alimento, el agua que las bendice con el crecer hacia la luz siempre está más allá de los sentidos, los sentidos exteriores, esas ventanas prodigiosas por las que entran los fenómenos cargados de arquetipos, como pistas de regreso al lugar del que todos venimos y al que todos regresamos. Vienen vestidos los fenómenos, en sus formas, de las ideas de la divinidad cuando crea el mundo y  se proyectan sobre la caverna del cuerpo que los recibe en la pupila de los cinco sentidos. Son cambiantes en sus giros, en su impermanencia de ciclo y rueda.

Son solo sombras asombrosas de un más allá que no hay ciencia que lo enhebre en un sistema, que lo agote aunque sea en una infinitud de formas medibles, asibles, de tan inefable que es, sutil, precioso, absoluto las rebosa a todas, en una sobreabundancia sobrenatural. Pura trascendencia en la inmanencia.

Sólo la poesía parece que se acerca brava, cabalgando en oleadas de palabras liminales, que son frontera de las no palabras, ecos que quieren aprehender un origen que se aleja en cuanto se le manifiesta, reminiscencias de un no saber que se enciende en lo profundo con la subitez de un rayo, un relámpago de comprensión inasible que ordena el caos de la multiplicidad en una unidad de sentido trascendente, que no necesita el tiempo para derramar en un fulgor la arquitectura inasible y catedralicia de un misterio.

Así que me embarco torpe con la palabra en una nueva crónica de este periplo que es la vida, de este viático cotidiano poetizando mis impresiones de un nuevo retiro de apenas siete días, pero que fue suficientemente certero como para detener el tiempo. Escribir sobre esas paradas que hacemos los que amamos el silencio para aumentar nuestra presencia al escenario cotidiano de los pucheros, donde se trajina la sencillez de la vida y aumentamos la práctica interna para indagar a más profundidad en el hondón del alma.

Empiezo con la última sesión de contemplación sentada, en el séptimo día, después de un arduo combate, que se me regaló como humillación perfecta, para no dar nada por sentado, para no atesorar como propio los regalos de seis días de dicha, de mente vacía, de delicia, cognición, lucidez y tantas palabras que vienen a remansar un agua viva en las orillas de este parlamento inútil.

Después de lograr con gran esfuerzo calmar la tempestad que surgió de una sombra agazapada en lo profundo ya que tras seis días de agua corriente, agua lustral de conocimiento, se removieron lodos hondos, atávicos, de una humanidad caída en el olvido y como un dragón frente a la cueva del corazón la sombra, lo no integrado, escupió su fuego defendiendo la entrada por si no era digna del valor que se merece entrar en moradas más internas. Lo combatí con lágrima y rendición, “yo sin ti no puedo nada, quemo mi espada, devórame si quieres”, y el dragón como por sortilegio de magia desapareció.

En la calma que se avecinó tras la rendición, que es entrega, receptividad a lo que quiera Dios en mi supe sabiendo, saboreando, con una luz que atravesaba la dulce oscuridad de los espacios interiores, con una luz cognosciente que manaba del mismo núcleo de esa noche negra y hermosa que es la interioridad, que la inmovilidad de mi cuerpo estabilizaba mi mente, como si estar inmóvil fuera una cerradura sagrada, la de un templo quieto en la profundidad de la noche, observado por la presencia numinosa de las estrellas en el firmamento. Supe también que la atención plena al aliento de Dios en la inspiración y en la expiración era la llave que abría esa cerradura sagrada de un templo hecho de carne sosegada y que el cóncavo de una y el convexo de la otra, una pasiva, quieta, muda, femenina, la quietud; la otra activa, firme, constante, estable, la atención permitía el acceso a espacios de la mente donde acontecían de forma natural  una fineza cognitiva, perceptual al mismo tiempo, que permitía la indagación en la naturaleza de la sustancia del alma y más allá de ella.

Comprendía, mientras era lo que sucedía, que el corazón es un órgano suprasensible que vehiculaba mi intención profunda, que se convertía, por la concentración en el ser que se autoindagaba a sí mismo, en una flecha en busca de hacer diana en el corazón de Dios, de lo Real. Como una intención que por su intensidad cordial se transformara en un imán irresistible para la respuesta, para un conocer su rostro, su Persona. Que mi mirada no le alcanzaba, pero que firme y estable lanzaba a la vastedad de la tiniebla su intento de hacer diana en el Centro, pues su presencia en todas las direcciones de ese espacio, que no es espacio, pues trasciende las coordenadas de lo meramente físico, atraía hacia si mi flecha, pues no había un donde donde no estuviera. Él siempre alcanza la mirada recordaba, en esa remembranza de la sabiduría que acontece paralela a la remembranza del sí mismo; que por eones que estemos de distancia Él alcanza la mirada de quien no le alcanza.

Y supe siéndolo, que cuando por suerte alcanzaba por la Gracia su diana, su corazón, aunque fuera con un roce tan sutil como el de un beso a sus vestiduras elevadas por el aire de una mañana, en medio de una muchedumbre, supe, repito, recuerdo al nombrarlo de nuevo, que cuando mi corazón, saeta de mi amor se hendía por misericordia en las vastas periferias de su entraña, el fruto sensible era como si el ser entero balbuciera en un estremecimiento que desconyuntase las hechuras de un cuerpo finito incapaz de albergar lo infinito, y supe saboreando a oscuras sin saber al mismo tiempo, pues todo es paradoja en lo divino, que por arte de su misterio insondable la punta de la flecha que había sido dirigida como hacia ese Otro que nos convoca aparecía en el mismo instante ensartada en mi propio corazón. Comunión de corazones por un instante sin tiempo. Su Corazón es mi corazón que cuando le busco y le disparo mi sed de Vida eterna le  encuentro sin distancia inserto el suyo en el mío, el mío en el suyo. Fue tan fugaz como revelador.

Apenas puedo balbucir nada más, rescatar nada más de mi tiniebla. Sólo sé que esa vivencia, en la que no puedo basar mi vía, pues es gratuita y no alcanzada por mérito propio renovó mi vocación, deseé con toda mi alma dedicar mi vida entera a conocer esta ciencia sagrada en el que todos los espacios confluyen en un centro, en el que todos los tiempos se hacen un ahora, entrada prodigiosa al abismo de la eternidad. Su eternidad amada.

He empezado por el final, donde felices las perdices son comidas en el banquete, la huella estaba aún vívida y quería asirla para compartirla con los hermanos que quieran, antes que como en los sueños se desvanezca en esa naturaleza de olvido que es el hombre. Pero quisiera ahora honrar las causas que propiciaron este regalo, gratuito sí, pero quiero reseñar que es la mano pobre la que hace un hueco irresistible para la misericordia y muchos otros regalos que se donan a quien cultiva la entrega de un vacío de ser alguien que consigue nada, una nada, una nada pobre, mísera, sin recursos propios, todo es donación, heredad de un Bendito Padre en el que descansa el Universo entero.

Y ese Padre, que es Madre y esposo y cien nombres más, como símbolo de lo innumerables que son sus atributos se donó con absoluta gratuidad durante siete días, en un círculo de meditación contemplativa en el que un grupo de hermanos en la fe -esa que clama en el desierto de los hombres actuales, de que el Reino está dentro de nuestros corazones-, volvieron a revivir el génesis del hombre sobre la tierra, el verdadero Adam de nuevo habitando el Paraíso de la sencillez. Una experiencia de volver a nacer, de nacer a cada segundo como hijos del instante de un Dios presente, que nos abre a una eternidad de paraíso y de esencia.

Vuelta a casa, a la raíz de las raíces

Después de tres años de formación como profesora de meditación por diferentes monasterios y escuelas de budismo, quise volver a la raíz de mi propia tradición, el cristianismo, tan desconocido ahora para tantos. Fecundada por el gran cirujano de la mente, uno de los Nombres del Buddha amado, decidí conocer las prácticas contemplativas que están surgiendo de nuevo de un terrible olvido, que ha condenado a la Tradición Católica a una apagamiento de esa brasa que toda tradición trasmite desde más allá del tiempo, para soplar sobre ella con la presencia del propio espíritu en comunión con el Espíritu de Dios que vehicula. Si no se sopla el ascua viva, el fulgor de las entrañas de lo real derramado en la historia, las cenizas de una letra muerta la ahogan y nos condenan a ser sepulcros vacíos blanqueados, sin resurrección ni gloria.

El motivo racional era hacerme cargo de la circunstancia que cada vez tengo más alumnos que quieren volver a casa, sacudirse los prejuicios sobre sus propia raíces y quería estar preparada para su demanda en busca de un síntesis entre las perlas que el budismo me había ido mostrando, y las del sufismo, del que bebo desde hace años, y las del taoísmo que ordeño timidamente con el portentoso poema en movimiento que es el Qi Gong, y las perlas plateadas del advaita que ordena por arriba todo el laberinto de la maya manifestada. Todo ello en un equilibrio de malabarista que solo las lecturas manducadas de autores del perennialismo como Fritjof Schuon me han permitido realizar sin caer en un estéril sincretismo sino fiel a un camino, pero fecundada por la proximidad inevitable, pues los semejantes se encuentran. Pues, aunque la luz incolora se haya vestido de distintos colores para vestirnos como humanidad diversa que somos, sabemos reconocer cuando la luz brilla en el otro diferente, y por mi naturaleza fronteriza me he encontrado y entrevistado con representantes genuinos de muchos de esos colores en los que se refracta la luz adual de la Divinidad, en esas deliciosas fronteras de lo místico, de lo metafísico en las que a veces se reúnen a compartir esencias los amantes, los amigos, los hijos o los siervos, a perfumarse con los inciensos del Otro, haciéndose apertura, tierra fértil.

Bajo el manto de Teresa

Todo es providencia y después de un verano de retiro en retiro, que empezó en Ibiza ene el mes de junio, Mireya Hernández, con un sencillo texto donde se adivinaba la doctrina amada del advaita nos invitaba a unos ejercicios espirituales en la Universidad de la Mística, un lugar asombroso, con una arquitectura de laberinto, o de estrella, o de no sé qué, pues la arquitectura moderna dificulta la ubicación del centro, desde la que se ordena cualquier geometría, pero es que esa contingencia que en otra ocasión podría haberme llenado de prejuicios añorando el bendito románico que desde que entras sabes dónde está el altar del sacrificio, era trascendido por una presencia tangible, asible de la Santa por excelencia, Santa Teresa.

Su presencia, su baraka se acostaba en decenas de cuadros, de grandes dimensiones, de sus éxtasis, sus arrobos, episodios de su vida, frases de su experiencia trinitaria en Dios. Todos ellos iban cincelando la mirada, iban orandando el hueco para recibir la gracia de la contemplación: Su Presencia. La del Amado con mayúsculas, Él que hace todas las cosas amables.

Las aulas hervían de sus versos, sus cuitas con el amado, en italiano, en español, todos los monjes residentes hablaban de la Santa, y nuestra pequeña comunidad de diez almas convocadas que deambulaban en silencio por los pasillos degustando al milímetro cada paso dado, cada don otorgado iban vistiéndose imperceptiblemente el manto amado de Teresa. Gratitud a los monjes residentes que han hecho de este lugar una auténtica Universidad para la Mística y cuyo fruto es, entre otros, que el alma silenciada queda vestida de su bendita capa llena de dirección y vivencia del camino hacia sus moradas.

Siete días alrededor de un círculo, donde la sencillez de una vela encendida hacía de altar de las miradas, luz y calor, una cera sacrificada en mor de un fuego que ilumina. Nueve mujeres y un valiente hombre, diez almas que tejieron su silencio con el mío, sus colores, sus dolores, su parto a una nueva vida, que se ha de renovar a cada instante haciéndose acogida. Un reencuentro con el Cuerpo Místico de Cristo, con la Iglesia prejuzgada por decenas de transición y modernismo mal entendido. Un regalo de Dios y de una iglesia, un cuerpo místico que por bautismo, huella indeleble del espíritu le pertenezco, como miembro activo que ha apacentado, sí, en otros rebaños, pero que también soy suya, siempre un pequeño corderito entre sus manos, que sanan y salvan, que ha comido de otros pastos con un astrolabio en el corazón la búsqueda de su conocimiento y amor.

Meditación contemplativa. Hacia las moradas interiores

Bajo el manto de Teresa iniciamos, pues una semana de ejercicios espirituales en un absoluto silencio en busca de la mirada contemplativa, Mireya con catorce años de oficio, una vida dedicada al monacato, a la búsqueda del Uno. Consagrada aunque haya dejado los hábitos de carmelita hace dos años para vestirse unos nuevos hábitos color  advaitas, con cofia al viento de colores, de música, de naturaleza, de sencillez, pobreza y de silencio, de nueva comunidad, un espacio de espacios que genera un sueño propio del barzaj, donde la imaginación creadora ordena al mundo ser. Kun. Un corazón de corazones. Mireya nos dirigía haciéndose canal de gracia para llevarnos de la contemplación activa a la pasiva. Nada que hacer, solo mirar, orientarse hacia Dios y confiar en que Él se hará torrente.

Cada día nos introducía un paso y nos inspiraba a orientarnos donde el espíritu en ella nos señalaba mirar. Mirar es contemplar. Nos propuso empezar por la percepción de la naturaleza, sin pensar, sin observarla, sin actuar, solo mirar y nos sacaba a pasear por los benditos jardines del Cites, llenos de rosas y frutos escondidos. De cada día me manaban versos que intentaban atrapar algo de lo vivido, fue mi concesión a mi naturaleza de comunicadora y los ensarto en la crónica para compartir el sabor de esta pequeña escalera de Jacob.

Ando de retiro en Ávila, desflorando la mirada contemplativa. ¡Es tan virgen su mirar! Hace de una gota de rocío un universo de esfera trasparente, en el que reverbera una miríada de átomos de un rayo de sol, que atravesando la algarabía de una copa de árbol amante del viento refulge en un rojo que encendió mi corazón.

Contemplar es mirar y ser mirado al mismo tiempo, es la comunión de un Corazón que palpita en todo lo creado y el propio corazón. Ando enamorada, pues mi amor sin ser de este mundo se tiende en cada instante, en cada espacio y me besa suave con su silencio elocuente, ese que abre los sellos de mis mil puertas y permite que exhale perfume de amor. Amado.

El viaje se inició con la percepción en la naturaleza y en el cuerpo, que es esencial para la vida contemplativa, en cómo posicionarlo para que se abra, se estire, se goce en sus movimientos, para que relajado como un niño después de haber jugado se pose en el ser, y se duerma en los brazos de la quietud. Y continuó descubriendo la atención plena a la respiración, al aliento de Dios que da la vida, que al concentrarse en el símbolo de la vida y el espíritu por excelencia se abre una percepción cada vez más fina, más descansada lo que nos permitía caminar contemplativamente por los jardines del Cites, admirando como niños asombrados la inconmensurable belleza derramada.

Debo de estar bajo el manto de la Santa. En esta Universidad de la Mística donde todo habla de Teresa, me posee la pluma un verbo amante que busca encender al amado, Él que es pura gratuidad: Mi amado las montañas, mi amado la brisa que palpita acariciando mi rostro mientras le vislumbró en cada una de sus notas, mientras juguetean con el bronco sonar de una hoja seca. Mi amado la campana que tañe sobre el silencio de la tarde una reminiscencia inequívoca de mi hogar. Mi amado la gota de sudor que recorre mi cuerpo haciéndome delicias y cosquillas. Allá donde le miro, le veo, extendido como una partitura infinita y el mirar de quien le busca construye la melodía de amor a la medida. Mi amado es para mi y yo soy para mi amado. Mi amado reverbera en cada instante y me fecunda si me entrego. Es tan honda la penetración, que quedo atravesada y por la punta que sale por mi espalda ensangrentada de tanta Vida vivida sin frontera Él queda insertado, como una aguja precisa que enhebra su belleza en mi collar de perlas, mis vivencias de su amor incomparable.

La presencia de Teresa y San Juan en mis versos era manifiesta, a medida que los días se regalaban preñados de ausencia de expectativa mi pluma volaba, y sus metáforas, sus imágenes se incardinaban en mi corazón dichoso con las metáforas de otros pastos, de otros cuerpos doctrinales, todos cuerpos de Dios, todos hablando de lo mismo, señalando la luna inasible de la Verdad Una.

Deambulan las hormigas trazando misteriosas rutas sobre el cuerpo macrocósmico del amado. ¿Sentirá sus patitas cómo las siento yo? ¿Abrirán en su carne umbrales de comprensión sobre lo interconectado que estamos?¿O en Él, que todo es uno, este torpe dedo que señala su luna se disuelve cómo muñeca de sal en el océano? La vía de las hormigas escribe certezas de un posible caminar sobre la vida, con esfuerzo, disciplina gozosa de quien se sabe miembro de un cuerpo, místico; al mismo tiempo, insertado en el mismo instante, un ave cruza y canta la vía de los pájaros, sin más ruta que el aire caliente que eleva y sostiene el vuelo sin aparente esfuerzo. Vía pasiva, vía activa…. y tres tristes gatos maúllan de un alimento que no llega, todos hablan de mi Amado.

Y del deleite de la mirada surgían estallidos de comprensión sobre ese dedo que señala, sobre esas metáforas hermosas, como perfumes, pero incapaces de aprehender la vastedad del Misterio. Tumbada sobre un roca de granito, que parecía un nido hecho a medida para mis alas de águila contemplaba las nubes atravesando el cielo y recordaba la metáfora tantas veces utilizada en los monasterios, en las aulas de meditación, y al ver sin pensar, la contemplaba tan hermosas nublando al sol, que producía placer su intermitencia, sol intenso, sol nublado, y contemplaba el espacio entre la nube y el sol, y las cambiantes formas generadas por cada instante como únicas, nuevas nubes en un bellísimo y dulce transcurrir, y el espacio, el vasto cielo, la luminaria dorada del sol y la nube me resultaban, sabían a lo mismo, era un único sabor. La nube no ocultaba nada revelaba el mismo misterio en una de sus facetas, pero más allá de esa aparente multiplicidad todo era Él, allá donde mires encontraras la Faz de Dios dice el Sagrado Corán. Toda dualidad quedaba abolida en la contemplación, la mirada contemplativa recibía la enseñanza de su unidad y su unicidad. Todo es Él, todo es Uno.

Después de la percepción, cultivada con la postura y la respiración, que tenía tres lugares posibles donde acomodarse, el vientre, el corazón y las fosas nasales, o los tres centros a la vez -se veía la influencia oriental de Jalics, una de las guías que marcaba los ejercicios espirituales que proponía Mireya, en la que también nadaban las influencias advaitas, san juanistas, teresianas-, nos dirigimos ya con cierta estabilidad a indagar (los primeros días el samatha,  el estabilizar la mente de los budistas daba a paso a el vipassana que permite preguntarle al Ser quién es).

El puente de la quietud

Uno ha de aquietarse primero, dejar la casa sosegada si quiere adentrarse en moradas más interiores, ha de abandonar, o dejar en un segundo plano, la lucha que dirige la fase purgativa y purificadora de todo camino espiritual, hay un puente entre las prácticas más ascéticas, de reconocer esos errores de tiro, etimología hermosa de pecado, del alma que vive fuera de sí y el consiguiente combate de enderezar el brazo para sujetar el arco y acertar, por fin, en la diana anhelada de obrar, pensar y hablar desde el centro del corazón, unido nuestro pecho a su pecho.

Esas primeras tres moradas de Teresa son una oración de auxilio y una determinada determinación de barrer la casa de todo lo que la sobra, de elegir lo que nos acerca y abstenernos de lo que nos aleja, fase de renuncia que deja la casa ordenada, sosegada, de la que surge día a día un anhelo de más, más amor, más entrega, más cuenco para que ese algo que no sé qué es se derrame como leche tibia, o como vino y colme de plenitud tantos huecos imposibles sin su gracia que fecunda los desiertos más áridos.

Y así en esas batallas, padecimientos de contrición ante la fealdad de nuestro egocentrismo desenmascarado, como de la nada puede surgir un día, en el que el fermento ha tomado su tiempo para realizar la alquimia, de forma inesperada Él puede llevarte de una oración vocal, sin presencia, o mental, discursiva, en la periferia del ser a una oración  con concentración, en la que el mundo se absorbe en la negrura de la interioridad y la quietud emerge, como una lava caliente que ancla la postura, que se convierte en esa cerradura donde puede entrar la llave de la presencia y en el primer centímetro de su gozne de apertura la dicha se derrama ablandando los tejidos de todo el cuerpo y empiezas a descansar en lo que eres de forma natural. Ya no hay necesidad de la tensión para sostener algo que se sostiene solo.

A medida que la quietud se estabiliza, se estabiliza la percepción, la atención y puede empezar a emerger la lucidez, tercera característica según el budismo de una mente que se asienta en su asiento natural. Esa claridad y mayor fineza permite mirar en los misterios que Dios tiene a bien ir tendiendo ante nuestra alma como vírgenes desnudas en la noche nupcial del encuentro. Y mientras una yace con las huríes en donde ya no existe ningún género, sino arquetipos que se desvelan, al mismo tiempo la lucidez permite explorar todo el vasto campo de la conciencia que se va amaneciendo ante los ojos dormidos de hacía apenas unas horas. Y de otra aula de la Universidad unas mujeres cantaban aleleuyas una percibe que no es el concepto de la palabra el que penetra y fecunda el oído interno, sino la vibración del concepto que hace que aleluya inunde de alegría el espacio sonoro y aleluya sabe entonces a miel y leche tibia que se derramara por todos los intersticios.

Los sentidos se confunden, el oído saborea, el tacto huele el aire dando alcance a lo intangible e inasible con uno solo de ellos. El misterio de un adentro que se hace un afuera, una simbiosis milagrosa en un círculo sagrado que gira como polillas ante una luz encendida que llama y llamea proyectando resplandores sobre el suelo que atardece, como velos sugerentes de la esposa tras las alcoba llamando al amado para que derrame su belleza. La quietud es sí. La cuarta morada de Teresa, es sí, el quicio a moradas interiores donde se produce un ensanchamiento espiritual, debido a un descentramiento del yo, que pierde sus contornos autocentrados, para centrarse en un Yo más real. Un sí con mayúsculas que orquesta un sentido de unificación de toda la multiplicidad en una experiencia de un único sabor.

¿Quién soy yo? Todo lo Otro

Así que aquietados Mireya nos fue llevando a la autoindagación de la identidad verdadera en unas contemplaciones que quedaron bautizadas como creativas, gracias a la creatividad de una religiosa encantadora por su humor y asombro de niña recién nacida.

Primero hay que conocer las identidades que no son para poder formular desde el hondón del alma la pregunta ¿quién soy yo?  Dejamos que esa identidad profunda se pronuncie, después de haber identificado el neti neti de lo que no es: no soy esposa, ni periodista, ni mujer, ni monja, ni mente, ni cuerpo, ni espiritual…. Al menos no soy solo eso, roles que existen en la existencia única que somos, que nos sirven para peregrinar en un mundo finito, como nuestras identidades que cambian con los ciclos, niño, joven adulto, anciano.

Son de nuevo esas sombras de lo fenoménico que soy ocultando y revelando la Presencia de Dios, del Absoluto, más allá del existir, de ex- sistere, estar fuera de Él. A Mireya le salía fuego de la palabra para llevarnos al hondón del alma, ¿quién soy? ¿Vida, amor, quietud, acogida, entrega, ola, Ser, un siendo? Y nos pedía que en cuanto una palabra surgiese de lo profundo la repitiésemos como un mantra, un encantamiento teúrgico, un atributo de la divinidad nombrándose a sí mismo en nuestro interior.

Pero no soy yo quien lo pronuncio, yo soy escucha de su pronunciamiento, de su revelación: amor, amor, amor, Vida, Vida, Vida, Ser, Ser, Ser, escuchado con advertencia amorosa, hasta alquimizar una identificación de mayor calado con la Palabra que ha venido a nombrar lo que Soy con mayúsculas y hasta llegar donde muchas personas del círculo de diez llegaron esos días, a que no hubiera palabra que surgiese, solo nada, nada, una nada que era un Todo.

La altura de mis hermanas de viaje no dejaba de asombrarme, había un espacio para romper el silencio desde la escucha sagrada, después del almuerzo, y lo que allí decían mis compañeras de viaje, a las que iba conociendo en el silencio, en sus gestos, en su presencia, quietud y paz que derramaban, me maravillaba, me enamoraba y los siguientes días mi objeto de contemplación alternaba entre la belleza del libro sagrado de la Natura y las personas como imagen y semejanza de Dios que se me revelaba en todos los seres que me cruzaban la mirada.

Descubría en ellas al mismo tiempo una iglesia viva queriendo despertar a su dimensión mística, y que podía fundamentar el vuelo místico en años de entrega, en cimientos de voluntad férrea, de heroísmo en sus respectivos apostolados, como las adoratrices, que están junto a los vapuleadas, las mujeres maltratadas, prostitutas, drogadictas, sacando una sonrisa en cada giro de destino que se arremolina ante su carisma de Dios en nosotros, Dios en el mundo. Con mujeres como estas, cultivadas hasta la heroicidad en su entrega a Cristo y con las alas contemplativas la iglesia transformaría el mundo de nuevo.

De todas las criaturas de la tierra la más hermosa, sin duda alguna, es el ser humano cuando se desnuda de sus vestiduras egoicas y decide zambullirse en el océano de su presencia, con un cuerpo sosegado en la quietud, lubricado por la dicha que de ella mana y por la lucidez que como brazada diestra permite sumergirse más y más en los misterios insondables de sus simas oceánicas. La caricia eterna de su agua viva lustra el cuerpo de una gnosis que da la Vida con la que volver renovado a iluminar con perfume de amor a los hermanos. Hoy ando profundamente enamorada de Dios en el otro, cuando se sabe amantemente mirado pues cultiva esa advertencia amorosa a la Presencia.

El otro es la gran asignatura, es uno de los fruto de la contemplación, aprender a atenderle con advertencia amorosa, al igual que uno hace en la oración pasiva, darle mi plena presencia, mi cuerpo presente le asiste, recibe su buena nueva, atender lo que necesita, tomarle de la mano, acompañarnos como hermanos el tramo de vida que Dios coloque bajo nuestros pies, sea un segundo o toda una vida.

Íbamos unidos, de la mano, como esas amistades oceánicas que decía el Hermano Rafael que se fraguan en el silencio de la Trapa. La elocuencia del silencio, de un gesto, de un mirar, de un moverse, de un asir la jarra de agua, hablan más del ser real que los roles con los que nos vestimos para convivir. No sabía nada de ninguna de ellas, salvo que algunas eran religiosas y otras laicas, pero cuando las escuchaba desnudar con tanta sinceridad y belleza sus cuitas con el amado, en los pocos espacios de habla que teníamos, una hora al día y para todas, el reconocimiento de ser todos la misma imagen de Dios, a la vez que los matices refulgían en la unicidad de cada una me asombraban con una penetración más poderosa que mi amada natura, que no dejaba de anonadarme también.

El retiro avanza, lentamente atraviesa los días, el cuerpo se hace saeta precisa en busca de una flecha que gane su amor, su presencia. Todos los espacios se hacen centro donde contemplar lo único realmente necesario. Eso que se nos escapa entre los dedos del tiempo a no ser que contemplemos lo que es y seamos lo que contemplemos. Así cosidos con todos los fenómenos, infinitas posibilidades de expresión de la esencia una, nada se pierde todo se hace engarce, hilo de rosario, perla a perla somos hijos engendrados del instante y nada se detiene, todo es un siendo, una vida plena en los repliegues de lo cotidiano, de lo extraordinario, de lo anodino. Y el viento hoy arrecia y compite con el tañido de las campanas de esta ciudad Santa que emergen como llamada a la oración, al recuerdo. El viento habla mensajes con la fuerza del espíritu, interpreta melodías, sinfonías en las copas de los árboles, que prestan sus ramas como violines precisos, estacatos, fortes, fortísimos son pura reminiscencia de otro lenguaje, mudo de conceptos, silencios elocuentes, de magnífica textura de oro. Yo quiero ser espíritu libre que taña en los ojos de quien me roce al verme melodías de colores en la copa de su alma. Ser dulce acogida, atravesada por la Vida.

Cristo, el Logos

Al cuarto día Mireya introdujo la práctica de la invocación del Nombre de Jesús, acompasado con la respiración y una posición de las manos enfrentadas a la altura del corazón que activaban poderosamente el poder escondido en las palmas de las manos, que ya Jesús usará para sanar, exorcizar y que intensificaban la percepción del presente. El secreto del japa yoga de la repetición del Nombre de Dios, presente en todas las tradiciones hacía su entrada en el retiro dando un giro radical a la experiencia, pues el Nombre es el Nombrado y hace presente la presencia del nombrado.

Los días se iban sucediendo en un viaje para descansar en lo que somos, descansando en la oquedad que es fuente de inspiración infinita de creatividad. Los poemas me brotaban en los paseos, no podía detenerlos. Mireya nos instaba a sembrar todo de presencia, incluso sembrar sueños y sembrar el cuerpo de gozo y de disfrute, para lo cual todas las mañanas, alrededor de un sauce llorón celebrábamos una misa corporal con un Qi gong cuyas posturas y sus nombres eran un manual de contemplación, una escalera de Jacob,  disipar la niebla, saludar la luna, recoger el sol, volar como una golondrina, el vuelo del águila, gestando algo nuevo, el árbol….

Y después de esa “misa” nos sumergíamos en la liturgia donde la Palabra de Dios centraba. Era milagroso contemplar cómo es lengua viva y como a cada una respondía su íntima pregunta. Como los iconos hechos con oración y descendimiento de espíritu, que estés donde esté la mirada del Cristo te mira. Y en esas misas diarias, oficiadas cada día por uno de los monjes, un día, el día de la transverberación de Santa Teresa, Jesús me miró después de años de ausencia, la capilla se quedó en silencio y me arrodillé ante un icono, hice oración vocal, intimé como hacía años que no lo hacía, expuse con total desnudez mis secretos y le volví a encontrar más cerca que mi vena yugular.

Qué hermosa es la oración en todas sus modalidades, es un órgano de conocimiento. Desde la más humana, que consciente de sus limitaciones pide ayuda al Cielo, le expone a Dios sus cuitas, al interlocutor por excelencia, en una actitud de humildad de quien se sabe pobre a las puertas del todopoderoso. Y la mano se hace cuenco, cavidad, cueva, a la espera de su huella, Su Palabra, que obre esa alquimia secreta que de ser ola te hace océano de dicha y cognosciencia. Qué hermoso es el amado, cuánta belleza y dulzura derrama, el anhelo de nuestro pobre corazón le pierde y se hace torrente, a principio mana fino, gota a gota y tras los velos de lo que todavía no es oquedad, capacidad abierta se vislumbra su torrentía, su Palabra que sana y salva. Que hermosa es la oración, el diálogo con el más Amado. Es dulce ambrosía. Y cuando la dulzura mana en un corazón atento, Su Palabra obra adentro y afuera y el prójimo se hace próximo y uno quiere obrar a imagen y, cada vez, a mayor semejanza. Y como decía el Budha dejando en cada paso primaveras. Ser iconos vivientes del amor de Dios decía hoy Mireya, en una jornada de sobreabundancia.

Después paseé conmovida, silenciada, llovió una tormenta fulgurante cuando me disponía a comer en el jardín, todo era el Logos hablando de Dios, y me tuve que refugiar en unos soportales que escondían otro secreto escondido, que en mis paseos diarios aún no había encontrado, una ermita en la que volví a encontrarle en un icono aún más hermoso. Solos, en la cueva, volví a mirarle y esa tarde, en la última sesión de meditación irrumpió una visión con audición, que me da pudor relatar, pero me expongo, pues sé que muchos le buscan, que no le conocen y quizá esta pequeña experiencia dé pistas. Hasta que una autoridad versada en estas lides dictamine para mi lo que surgió del silencio era la presencia de Cristo, del Logos, de la gavilla que une los mundos, mostrando tras diez mil velos transparentes su rostro. Yo intentaba verle, pero no alcanzaba, pero sabía que estaba ahí, por todas partes, rondándome. Le pedí ver sus rostro, y aparecían imágenes de cuadros, de iconos, pero una voz interior me decía “no soy las imágenes”, y las imágenes se difuminaban en un resplandor que había detrás fulgurando una presencia, dulce, exquisita. La dicha me giraba el cuello hacia atrás, pero no quería caer en ningún estado de ebriedad delante de nadie, así que intentaba corregir su inclinación con mucho esfuerzo, surgían conatos de gemidos de un deleite interno que intentaba acallar, quería que mi rostro estuviese cubierto, me daba pudor que alguien pudiese verme, pues era gozo lo que había en mi rostro. Gracias a Dios la noche estaba acostándose en la sala.

El diálogo interno, por llamarlo de alguna manera, se sucedía sin tiempo. Aparecieron los cuatro sueños lúcidos que había tenido en el pasado con Jesús y con Cristo, con la dimensión humana y divina de esta privilegiada manifestación del Logos que Dios derramó en la historia de los hombres y Occidente fue receptáculo privilegiado. Recordé, porque lo vi de nuevo, que hacía diecisiete años me había dicho “me encontrarás en casa de mi madre y mientras tanto recuerda: concentra toda tu atención en el Ser, hasta que volvamos a vernos”.

Apareció una imagen de la virgen, pero sabía saboreándolo no conceptualmente que ella no era las imágenes que intentaban aprehenderla y se transformaba en un resplandor que señalaba o gestaba en su interior al Verbo, y de pronto me di cuenta que no tenía suficiente estabilidad para acoger su rostro, su persona y deje de pedirle nada, “lo que tu quieras le decía, dame lo que tú quieras”, “soy pequeña y pobre, no me cabe nada”. Y entonces de la nada surgió ese mantra prodigioso, que yo no decía sino que escuchaba, “tu hazte capacidad que yo me haré torrente”. Una y otra vez, una voz que no era mía, o era la voz más profunda de mi hondón, que sabré yo de estos misterios, que ni siquiera sé porque ando danzándolos en palabras,  me decía “tu hazte capacidad que yo me haré torrente”. Solo acerté a decir internamente ¿cómo me hago capacidad?, pues veía que no podía soportar su presencia por mucho más tiempo, ya que me descoyuntaba la vasija pobre de barro que soy, y él me dijo sin decir en palabras: “cultiva  las virtudes que te vacían de ti y habrá hueco para Mi”. No pude más y salí de la vivencia. Abrí los ojos. Todos se habían ido a cenar, el afuera y el adentro no se distinguían, todo tenía textura como de sueño, estaba ebria. Tarde varias horas en poder levantarme del suelo, en el que caí desfallecida, como quien ha hecho el amor durante horas y no tiene cuerpo más que delicia derramada. La vela seguía encendida y acurrucada en la noche pude entregarme a los efectos secundarios de una intensa relajación de amor. Después me obligué a salir del estado, no quería engolfarme y recordé a mi maestro de Tai.Chi, “después del éxtasis, la colada” y me fui a dormir. Desapegada, sin permitir que mi pobre ego quisiera apropiarse de la experiencia sintiéndose especial, volví a la dulce cotidianeidad, sacudiéndome el pasado, presta a atender el presente, como hija del instante, sin apego a lo extraordinario, a lo delicioso. Y sin saber lo que realmente había pasado.

Cristo es el Logos, la gavilla que ata la multiplicidad en un centro. Abraza el talle delicioso y perturbador del cuerpo de la manifestación y lo besa con un corazón profundo. La periferia queda relegada así por el centro, con el centro, desde el centro, y lo múltiple ya no dispersa, adora en un único verso.

Volver a Galilea, a la Plaza del Mercado

Sé que sólo vislumbré, por el rabillo del ojo su presencia y que fue pura gratuidad, que no hay mérito por mi parte, y sé que todo esto que escribo viene inspirado por la vivencia repentina de un pie de página breve en la historia de amor que he buscado toda mi vida y me siento agradecida por la sencillez de Dios en los pucheros de lo ordinario, nada extraordinario, seguiré barriendo, fregando, caminando, amando, cayendo, pero, bien es cierto que estos hitos en el camino, estas estrellas fugaces que cruzan el firmamento son luminarias para continuar, oasis después de tantos desiertos, también necesarios, y de pruebas, tribulaciones en donde se prueba la fe. Su luz y belleza dejan una impronta en el alma a la que volver a beber, en épocas de caída, de oscurecimiento, de sed, hasta que quedan sepultadas por las infinitas noches con la que el alma se aleja de su Sol que amanece realmente la Vida en su plenitud de semejanza.

“Concentra toda tu atención en el ser”, todo el retiro, toda mi vida cobra sentido en esa frase, de alguna manera los últimos quince años de mi vida he intentado torpemente eso, he estado retirada en una montaña repitiendo su Nombre, para que la persona del nombrado purificase mi corazón y me permitiese reflejarlo y amar a mis hermanos y a la Natura amada. Quince años después de aquel sueño lúcido, en el que Jesús me enseñaba esa verdad, estaba en Ávila, en la Universidad de la Mística, esta pobre oveja que había querido ser atleta de Dios toda la vida, y su debilidad se lo había impedido, y le había hecho peregrinar por tierras lejanas en busca del conocimiento, del pan nuestro de cada día, se encontraba por providencia, sin buscarlo buscándolo volviendo a la raíz de las raíces de su alma cristiana, y el Logos, el Cristo apareció de nuevo, tras los velos de mi ignorancia, y me ha seducido de nuevo,  invitándome a continuar, a hacerme capacidad, con una promesa de torrente.

Este retiro ha sembrado semillas que son verbo de un destino decretado por Él, que yacen ahora en lo profundo de mi tierra de nada criatural. No sé si darán frutos, pues una tiene el corazón endurecido por miles de batallas y conozco suficientemente a mi alma, la que incita al alejamiento como para temer todas sus argucias para olvidar de nuevo lo único realmente necesario y entretenerme en minucias, pero por otro lado que puede el mal contra el Todopoderoso que nos llama desde Principio, pues le pertenecemos.

Recién termino este bendito retiro. ¿Qué decir de lo que no se puede nombrar y se ha vertido con sobreabundancia en esta improvisada comunidad plural y diversa de siete días? Decir que se ha detenido el tiempo, sí. Que todos y cada uno eramos un centro en el que la Presencia se derramaba. Sí. Decir que Dios, el Logos, el Espíritu era la gavilla que ataba la multiplicidad en un centro inamovible, pleno de un único verso…. Sí. Qué más puedo decir… Gracias

Volver a Galilea, a la plaza del mercado

Así que aquí estoy, como dice el Corán “aquí, aquí, aquí está el Paraíso”. Desde que salí de Ávila y me enterré en mi claustro de naturaleza, en Sálama, en la amada Sierra de Gata, lo he abandonado ya varias veces. El poder de la comunidad, el manto de Teresa, el canal de gracia de Mireya ya no están, pero a veces vuelvo a conectar, me entrego, me hago escucha, apertura y Él se hace torrente, en el viento, en la mano de una niña sobre la mía, en el discurrir manso del río de estío, en una pobre mujer que lo ha perdido todo y vive en las calles del pueblo de Hoyos.

Me preparó para volver a Galilea, a volver a buscarle, entre los otros, los heridos, los que le buscan como yo, a ver sus ojos sobre los míos diciéndome “sígueme”, ven al desierto. Y bajaré a la plaza del mercado con el pecho más descubierto que antes, más vulnerable, más descalza, iluminando cada fenómeno como un umbral para su presencia, y redimiré mis sombras, una a una, mis flaquezas con Su riqueza y ofreceré encuentros como el que nos propuso Mireya, y abriré mi corazón como una canal de riego para que su Palabra nos nombre in divinis, si Dios quiere.

Gracias Amado. Gracias Mireya, gracias hermanos de camino. Gracias Conchi, que sin conocerme de nada me diste acogida. Todo lo que le hagas a uno de mis pequeñuelos, me lo habrás hecho a Mi. Bendito sea el que viene en Nombre del Señor.

Beatriz Calvo Villoria

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