Comernos el Mundo

No Comments »

La tierra y el mar, de donde proviene lo que comemos, están amenazados. Nos estamos literalmente comiendo el mundo, nuestra relación con la vida está siendo destructiva y todos tenemos una gran responsabilidad ética en ello. Una de las causas principales de este deterioro es el sistema agroalimentario que nos está llevando a la ruina, pues, con su gestión, el mundo se encuentra cada vez más contaminado, más sobrecalentado y más desequilibrado. Un sistema orientado a los mercados globales de mercancías, guiado por criterios de rentabilidad y desvinculado de las necesidades alimentarias de la población: bajos precios y alimentos de mala calidad para los consumidores de los países del Norte, grandes beneficios para los intermediarios y las multinacionales del sector, y hambre y miseria en los países empobrecidos donde están la mayoría de productores y productoras de alimentos.

Este sistema agroalimentario de monopolio y concentración empresarial permite un férreo control a la hora de determinar qué consumimos, a qué precio, de quién procede, cómo ha sido elaborado y cómo se distribuye. Y lo que nos hacen comer nos está enfermando de cuerpo y de alma. Cada vez hay menos dudas, para los que necesitan que la ciencia se lo verifique todo, pues les desapareció el sentido común, que la gran mayoría de las patologías que hoy en día conocemos, están relacionadas en mayor o menor medida con los hábitos alimenticios y con la ingestión de toxinas en dichos alimentos. Cada día es mayor el número de correspondencias entre el uso de estas sustancias y diferentes enfermedades degenerativas, como el parkinson, la obesidad, la infertilidad, los trastornos de la atención, el autismo en nuestros niños, el asma, diabetes, cáncer.

Las prácticas antinaturales que este sistema globalizado utiliza para maximizar su beneficio convierten nuestras cuerpo en un cóctel explosivo de metales pesados, dioxinas, pesticidas, anabolizantes, conservantes, antibióticos, hormonas y nuestra alma en un cómplice que por comodidad, egoísmo e ignorancia voluntaria se niega a cambiar sus hábitos de consumo comprando sus productos en la red de grandes superficies que han invadido la economía local arruinando al pequeño comerciante de la esquina -más del 80% de la compra de alimentos se realiza en supermercados-.

Como decía Albert Einstein «La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal sino por los que se sientan a ver lo que pasa».Tenemos que combatir el predominio de la lógica de la rentabilidad sobre la de las necesidades humanas. Nuestra forma de alimentación implica injusticia sobre nuestros congéneres, sufrimiento animal y deterioro medioambiental.

Gracias a Dios, hay alternativas; y esas alternativas necesitan de nuestra ayuda para prosperar en medio de la deslealtad de nuestros gobiernos, que subvencionan sobremanera las malas prácticas de una industria ecológicamente desquiciada. Hablamos de la ganadería y de la agricultura ecológica, de comprar en circuitos cortos y de proximidad tiendas de barrio, mercados, colmados-, participar en cooperativas de consumidores de productos ecológicos, escoger productos de temporada, locales, de comercio justo, exigir a nuestras administraciones, colegios, hospitales, geriátricos y entidades con las que tenemos contacto para que incluyan los alimentos ecológicos entre sus servicios. Conspirar, respirar juntos, con un agradecimiento sincero ante los alimentos, regalos generosos de la Vida.

Beatriz Calvo Villoria

CompartirShare on Facebook0Share on Google+0Tweet about this on Twitter0Share on LinkedIn0Pin on Pinterest0Share on Tumblr0Email this to someonePrint this page

Dejar un comentario

*
*