Amor

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Del amor hemos nacido.

Según el amor hemos sido hechos.

Hacia el amor tendemos.

Al amor nos entregamos.

Aprovechemos la belleza de la primavera para rememorar el amor que todos anhelamos vivir en esta vida. Dicen los sabios que el amor no es definible, porque el amor es saboreado, pero su esencia permanece incomprendida. Es una aspiración, una energía que atrae a todo el ser. ¿Pero hacia donde lo atrae sino hacia su origen divino? Pues desde el amor más sencillo, del  árbol hacia la tierra que lo nutre, pasando por el amor maternal, el conyugal, la caridad o hasta el más sublime amor a Dios, se reproduce esa poderosa ley de atracción entre el yo y el otro, o lo otro; una búsqueda, consciente o no, de  regreso a la Unidad de la que partimos en este viaje de la existencia (existire: salir  de para manifestarse); un profundo anhelo de integración, del reintegrar la ola en el Océano, el  pequeño si en el Gran Sí, que es Todo en todos, o en otro lenguaje, la unión de Mâyâ con Atmâ.

¿No busca el recién nacido cuando se aprieta aún más contra los pechos generosos de la madre, introducirse de nuevo en el útero materno donde eran dos en uno? ¿No es la atracción amorosa que el hombre y la mujer sienten un movimiento de penetración en el otro, de convergencia, un querer desaparecer, un perder los contornos de nuestra individualidad,  de difuminar la distancia entre el yo y el tú, de fundir las fronteras de la diferencia en una unidad sin forma ni nombre?

El amor deshace todo sentido de “dos”, dice un poeta. Cuando se ama, uno ya no está en sí mismo sino en el otro.  Para el contemplativo, el amor humano tal como se expresa en el acto conyugal no puede ser sino un reflejo del Amor Divino. Es más: el amante, la bienamada y el amor entre ellos son en realidad representaciones terrenas de principios celestes.

Como dice un hadiz del Islam “Cuando el hombre mira a su esposa y ella lo mira, Dios posa sobre ellos una mirada de Misericordia. Cuando el esposo toma la mano de la esposa y ella le toma la mano, sus pecados se van por el intersticio de sus dedos. Cuando él cohabita con ella, los ángeles los circundan de la tierra al cenit. La voluptuosidad y el deseo tienen la belleza de las montañas…”

Pero hay que aprender a  amar  no desde el egoísmo de amarnos a nosotros mismos en la intimidad del otro, sino de amar al amado por sí mismo y así morir un poco a nuestra individualidad, pues no hay más infierno que la egoicidad, ni más paraíso que la ausencia de yo”. Y este sería el paso del amor natural o físico al amor espiritual.

Pero hay otro paso más en la ciencia del amor, sólo para amados destinados, es el paso al amor divino que tan hermosamente han cantado los místicos de todas las religiones. Dice San Agustín que lo que el hombre ama eso es y el maestro Eckart proclama“Si ama una piedra, es esa piedra, si ama a un hombre es ese hombre, si ama a Dios…. No, no me atrevo a decir más…”

No, no me atrevo a decir más.

Beatriz Calvo Villoria

 

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